De acuerdo con datos de la Organización Mundial de la Salud (OMS), el Alzheimer afecta aproximadamente al 3 % de las personas entre los 65 y 74 años, al 17 % entre los 75 y 84 años, y cerca del 32 % de quienes superan los 85 años. Se trata del tipo más frecuente de Trastorno Neurocognitivo Mayor, según el DSM-5-TR, y representa entre el 60 % y el 80 % de los casos. En Bolivia, la demencia es una de las principales causas de muerte y discapacidad en personas mayores.
María Cintia Melgar, psicóloga responsable del Programa de Proyectos Sociales y docente de la Universidad Privada Domingo Savio (UPDS), afirma que, más allá de las cifras, su impacto es profundamente humano. El Alzheimer transforma los vínculos, obliga a replantear las formas de cuidado y genera desafíos emocionales que a menudo pasan desapercibidos.
La especialista explica que el Alzheimer es un síndrome de origen multifactorial, es decir, causado por la interacción de varios genes y factores ambientales. Su desarrollo es progresivo y complejo. Las investigaciones actuales identifican múltiples factores que podrían incidir en su aparición: el estrés crónico, que eleva el cortisol y daña el hipocampo —clave para la memoria—; el uso excesivo de pantallas desde edades tempranas, que afecta la atención y la memoria; dietas poco saludables, ricas en azúcares, grasas saturadas y alimentos ultraprocesados; así como el sedentarismo, la falta de sueño reparador y el aislamiento social, que reducen la reserva cognitiva.
También señala que el Alzheimer no solo borra recuerdos, sino que altera la personalidad, el ánimo y la percepción de la realidad. Aun cuando el lenguaje racional se desvanece, el lenguaje emocional permanece. Por ello, recomienda a los familiares y cuidadores tener mucha paciencia y brindar al enfermo un abrazo, una mirada cálida o una voz familiar, que podrían seguir generando respuestas afectivas, ya que la dignidad de la persona no desaparece con sus recuerdos, sino que sigue viva en sus emociones y humanidad.
Melgar ofrece más consejo para las personas a cargo de los pacientes. El cuidador de una persona con esta enfermedad se convierte en un héroe invisible. Quienes asumen este rol —en su mayoría familiares— enfrentan una carga física y emocional considerable. Fatiga, aislamiento, ansiedad, depresión y culpa son sentimientos frecuentes en estos cuidadores, cuyo trabajo muchas veces pasa desapercibido.
Existen estrategias preventivas que pueden marcar una diferencia significativa en la prevención y el manejo del Alzheimer, anticipa la especialista consultada. Entre ellas, resalta la estimulación cognitiva , ya que leer, aprender, jugar y debatir fortalece las conexiones cerebrales, promueve la neuroplasticidad y ayuda a preservar las funciones cognitivas. El ejercicio físico regular también es fundamental, pues la actividad aeróbica mejora el flujo sanguíneo cerebral, estimula el hipocampo y regula factores como el estrés, la glucosa y la presión arterial.
En cuanto a la nutrición, recomienda una dieta tipo Mediterránea o MIND, rica en alimentos frescos y baja en procesados, ya que se asocia con un menor riesgo de deterioro cognitivo. Asimismo, resalta la importancia de una buena higiene del sueño, ya que dormir bien favorece la consolidación de la memoria y la eliminación de toxinas cerebrales como la beta-amiloide.
La gestión del estrés y el cuidado de la salud emocional son también clave, dado que reducir el estrés protege el hipocampo y mejora la resiliencia; Para ello, estrategias como el mindfulness y el apoyo emocional resultan fundamentales. Además, mantener vínculos sociales y participación activa en la vida comunitaria disminuye el riesgo de deterioro y fortalece las funciones ejecutivas y de memoria. Finalmente, hace énfasis en el uso responsable de la tecnología, promoviendo un equilibrio que estimula el aprendizaje sin reemplazar la interacción humana ni afectar la atención.
Estas prácticas pueden retrasar la aparición del Alzheimer, reducir su impacto y mejorar la calidad de vida de quienes lo padecen y de quienes los rodean.
En ese sentido, la psicóloga reflexiona: "El Alzheimer es una enfermedad que duele, que transforma, que sacude. Pero también es una oportunidad para amar más profundamente. Cuando un padre olvida el nombre de su hijo, es la sociedad entera la que debe recordarle que aún es valioso, es amado, forma parte de su historia. No podemos cambiar el destino de quienes lo padecen, pero sí podemos cambiar la forma en que los acompañamos. Con dignidad.