Pablo Andrés Velarde (27) no tuvo ningún sueño premonitorio, tampoco su corazón le avisó lo que iba a pasar la tarde de ese fatídico 30 de abril, durante el vuelo de retorno de Baures hacia Trinidad. No imaginó que los fritos que desayunó serían su única comida por las siguientes 48 horas. El piloto de la avioneta Cessna con matrícula CP-1099 tuvo, después de cuatro años de experiencia volando, la mayor prueba de destreza al mando de una aeronave, que fue todo un examen para los nervios de acero que ameritaba semejante situación: había una falla en el motor y se estaba precipitando a tierra.
No solo él superó la difícil circunstancia, sus cuatro pasajeros también. Las tres mujeres y el niño ni siquiera gritaron cuando escucharon al piloto declararse en emergencia por la radio, informando de una falla mecánica en el monomotor.
“Lo primero en lo que pensé fue en buscar campo abierto para el aterrizaje de emergencia, había muchos árboles y la vegetación era bien espesa. Cuando vi lo que creí que era pampa, controlé la situación y aterrizamos en lo que en realidad era un pantano”, recuerda el piloto, que para sus pasajeros fue el héroe que los sacó con vida de esa pesadilla indeseable.
Cayeron y la avioneta se deslizó unos 20 metros más allá. La hélice quedó enredada entre la hierba, provocando que la aeronave se volcara. Lo siguiente que pasó fue que tragaron agua y no les quedó mejor opción que subir a la panza del monomotor volcado, que les sirvió de piso. “Recién cuando me pasó la adrenalina, empecé a temblar. Todos nos quedamos preocupados, pero yo les dije, nos van a buscar”.
Y así sucedió, nadie quedó indiferente al pedido del padre del piloto, don Joaquín Velarde, que es también el presidente del Comité Cívico de Guayaramerín, quien dijo ante las cámaras: “Mi corazón me dice que mi hijo está vivo, por favor, no dejen de buscar”.
Mientras, en fila india los cinco sobrevivientes aguardaron de pie sobre la panza de la avioneta, por el segundo milagro. El primero fue salir con vida del aterrizaje forzoso y el segundo fue no morir asediados por los lagartos y una sicurí, a la espera del tan ansiado rescate.
“Pensé en mi hijo que está en el cielo”
A una semana del rescate, Pablo Andrés no ha vuelto a subir a una avioneta, ya se recuperó del susto y de los rasguños, pero está haciendo el papeleo pertinente ante la Dirección General de Aeronáutica Civil, que ha iniciado una investigación para saber exactamente qué causó el desperfecto.
Seguirá volando porque desde niño era su sueño.
Ya en casa, acompañado de su esposa, Pablo Andrés ve la vida con otros ojos. “Ha habido un cambio grande en mi vida y en la de la familia. Somos creyentes en Dios, pero esto ha sido una enseñanza muy grande para nosotros”, reconoce quien hace tiempo aprendió a lidiar con el dolor y a aceptar los giros del destino: tiene un hijo en el cielo, como dice en sus propias palabras.
“Se nos fue nuestro angelito. Y durante la espera del rescate yo me puse a pensar en él”, cuenta sin revelar más, quisás se preguntó para sus adentros si se iba a reencontrar con él, pero no lo exterioriza, solo dice estar agradecido porque todo lo que vivió junto a sus cuatro pasajeros fue increíble y solo puede ser obra de un milagro.
Una bolsa de chivé fue como el maná caído del cielo
Después de una exhaustiva búsqueda que duró más de 48 horas, las cinco personas desaparecidas luego de que la pequeña aeronave se precipitara a tierra, a solo 20 minutos de haber alzado vuelo, fueron finalmente localizadas y rescatadas. “Se han volado 2.740 millas náuticas, lo que equivale a 22 horas de vuelo”, dio a conocer el reporte oficial del rescate, detallando que 50 personas, entre técincos y tripulantes se involucraron en la búsqueda. Ante la emergencia, el Ministerio de Defensa, a través del Viceministerio de Defensa Civil y en coordinación con la Fuerza Aérea Boliviana (FAB), activaron un operativo de búsqueda y rescate. Este grupo explicó que la zona en la que cayeron las cinco personas era totalmente inaccesible, ni por tierra, ni por agua se los podía buscar. Así fue como primero se tuvo que hacer un rastrillaje aéreo.
La mamá del piloto, Rosario Heredia, confesó que vivió “horas muy largas y noches en blanco” aguardando por recuperar a su hijo con vida.
Después vino el despliegue médico para atender a los rescatados, que fueron trasladados a centros de salud. La deshidratación era lo más urgente, así como monitorear la salud de cada uno, que estuvo expuesto al sol por tantas horas y teniendo como único alimento algunos bocados de chivé, la harina de yuca que fue el maná que la divina providencia les entregó y los mantuvo con algo de energía. Este chivé se salvó de la inundación una vez la avioneta cayó a la laguna, porque estaba bien sellado en una bolsa adentro de una maleta.
La salud del niño Iker Tumo Coria (6) también mereció especial atención, pues este ya estaba enfermo, justamente ese fue el motivo por el que él y su madre habían tomado el vuelo en Baures, con destino al hospital Materno-Infantil, de Trinidad.
El director Hans Apuri informó que el niño está bien, levemente deshidratado, pero estable.
Los héroes pescadores
María Esther Cuéllar y Meida Senzano, dos mujeres apasionadas por la pesca, contaron cómo se abrieron paso a punta de machete por 10 horas junto con sus familiares y amigos, que habían salido a hacer lo que les gusta, pescar, aprovechando el feriado del 1 de Mayo.
No acostumbraban ir a esa laguna donde cayó la avioneta, pero su esposo los convenció a todos, fue cosa del destino.
“No imaginamos que iba a estar tapada, era un lugar con puro yomomo (hierba). Cuando llegó la noche nos preparamos para la pesca, pero un primo de mi esposo, Ronny, escuchó los gritos pidiendo auxilio, eran del piloto”.
Ni bien se dieron cuenta de que se trataba de los accidentados empezaron a buscar la forma de ayudarlos. Un grupo fue a su alcance para darles aliento y agua, y otro grupo salió a buscar señal para llamar a las autoridades, pero nadie les contestó, era la medianoche. Cuando se dieron cuenta de que eran solo ellos los que podían hacer algo, a costa de su propia vida, siguieron remando contra la maleza, deshidratados y a punto de desmayarse.
“Solo había sol y yomomo, mi esposo se puso mal, apenas teníamos una botella de soda y agua que dijimos que debían ser para los de la avioneta. Agotados, con la boca y los labios secos pedimos a Dios por más fuerzas”, contó María Esther.
El acto de valentía de los pescadores terminó con un desenlace feliz porque al fin llegó el rescate aéreo y no se lamentó la pérdida de ninguna vida.
Minor Vidal, sobreviviente de 2011: “Para enfrentar el trauma hay que enfocarse en ser agradecidos de estar vivos”
La historia del rescate con final feliz porque los cinco ocupantes de la avioneta que se cayó entre Baures y Trinidad fueron encontrados con vida, fue seguida por Minor Vidal. Le interesaba las vidas en juego, pero también le recodaba lo que vivió en carne propia hace 13 años atrás, también en Beni.
En un vuelo rutinario de Aerocon fue el único sobreviviente de los nueve que iban a bordo, superó 15 horas atrapado al interior de la nave y caminó dos días entre la espesa selva con un tres costillas rotas, un pulmón perforado y un corte en la cabeza que le desprendió parte del cuero cabelludo.
-¿Qué pensó cuando se enteró de la desaparición de estas cinco personas luego de que se cayera la avioneta en la que viajaban?
No soy una persona que está pendiente de las noticias, pero de repente comenzaron a comentar sobre este vuelo en mi trabajo. Me enteré cuando ya los habían rescatado.
La primera impresión que tuve fue de alegría de que los hubieran encontrado. Pensé en todo lo que ellos habían pasado, me puse en sus zapatos.
-Si pudiera darles un consejo sobre cómo lidiar conel trauma, ¿qué les diría?
Al menos los primeros días, queda un cierto trauma. En mi caso, hubo ciertas pesadillas, pero lo he ido superando, gracias a Dios. Todo depende de la actitud que uno puede tener. Yo preferí verme como una persona bien bendecida al haber salido con vida.
Y lo mismo, seguramente, les debe estar pasando a ellos. Siento mucha admiración, sobre todo por el capitán, que ha debido asumir mucha responsabilidad, sobre su espalda estaban cuatro vidas.
Yo les diría que deben estar felices porque gracias a Dios no ha pasado a mayores ese accidente, aunque eso no quiere decir que no exista el dolor.
-¿Usó ayuda psicológica?
Al principio, sí. Tuve solo cuatro sesiones, pero como he dicho al principio, me acompañó bastante el optimismo, la actitud siempre de ser agradecido.
A estas personas también les digo, enfóquense en ser agradecidos porque están con vida y dedíquense a disfrutar de esta nueva oportunidad, disfrutar cada momento, no solo de las cosas materiales, sino también de todo lo que les rodea, las amistades, los hijos, la familia, etcétera.
-El piloto está a la espera de volver a volar ¿Qué le dice?
Que está muy bien. Cuando les enseñamos a manejar bici a nuestros hijos, ¿acaso les decimos, nunca más vas a volver a manejar bicicleta cuando se caen?, Más bien les motivamos a que se suban y sigan manejando. Si esas personas están vivas, ha sido gracias a su pericia.
Yo por ejemplo, sigo viajando a bordo de un avión, incluso más que antes, por mi trabajo. Un 90% del tiempo me lo he pasado viajando, vendiendo.