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Entre lágrimas, símbolos y memoria, Bolivia abre un nuevo capítulo en su historia

Domingo, 09 de noviembre de 2025 a las 04:00
Rodrigo Paz durante su discurso ante cientos de invitados. Foto: Patricio Crooker

Rodrigo Paz asumió la Presidencia con un llamado a la reconciliación. Edmand Lara, en uniforme de gala, rindió homenaje a los mártires de la democracia

Frente a la Biblia, el crucifijo y la Constitución, cuando el reloj marcaba las 11:45 del 8 de noviembre, Rodrigo Paz Pereira besó la señal de la cruz y pronunció con voz firme las palabras que lo consagran como el sexagésimo quinto presidente de Bolivia. El eco del “por Dios, la patria y la familia, sí, juro” se expandió por el hemiciclo como una respiración contenida durante años: primero el silencio solemne, luego el estallido de los aplausos. En los balcones, embajadores, jefes de Estado y delegaciones de medio centenar de países se pusieron de pie para presenciar una escena que no era solo de poder, sino también de reencuentro.

Paz Pereira llega al mando en medio de una tormenta económica y política que recuerda, inevitablemente, la travesía que enfrentó su tío abuelo Víctor Paz Estenssoro en 1985.

Su ascenso fue tan rápido como deliberado: de diputado joven a concejal y alcalde de Tarija, de senador a candidato, y ahora jefe de Estado. Una carrera tejida en el espacio breve donde se cruzan la historia y la política.

En el palco de honor, cuatro expresidentes bolivianos siguieron la ceremonia con distinto ánimo: Carlos Mesa, sereno; Eduardo Rodríguez Veltzé, reflexivo; Jeanine Áñez, libre; y Jorge Tuto Quiroga, su rival más encarnizado, hoy cabeza de una oposición que se autodenomina “constructiva”.

El cruce de miradas y palabras entre ellos pareció resumir cuarenta años de democracia, encuentros y desencuentros.

A pocos metros se encontraba el octogenario Jaime Paz Zamora, padre del mandatario, junto a sus hijos y nietos, emocionado como pocos.

Minutos antes de iniciar el acto, en los pasillos de la Asamblea Legislativa, se atrevió a dar un consejo al presidente entrante: escuchar a todos, mantener la diplomacia directa -como lo hizo incluso antes de asumir el cargo- y nunca renunciar al consenso.

Antes de la investidura presidencial, el primero en jurar fue Edmand Lara, quien asumió el mando de la Asamblea Legislativa Plurinacional y la Vicepresidencia del Estado.

Vestía su uniforme policial de gala, una decisión cargada de simbolismo. En su discurso explicó que lo hacía como una reivindicación de sus veinte años de servicio en la Policía boliviana, interrumpidos -según recordó con la voz contenida- por una “baja injusta” que marcó su vida y fortaleció su convicción de servir desde otro lugar.

“El verdadero uniforme no está hecho de tela; está hecho de principios, de coraje, de valores, de amor a la patria y de fe en Dios”, dijo con emoción.

La frase, pronunciada con la voz quebrada, arrancó aplausos sinceros y gritos de victoria desde los curules de la Asamblea.

Al cerrar su intervención, pidió un minuto de silencio en honor a los mártires de la democracia. El hemiciclo se quedó inmóvil; incluso los murmullos de los pasillos se apagaron.

Fue un instante breve, pero cargado de sentido, en el que el aire pareció volverse más denso y la historia más cercana. En el rostro de Lara todavía temblaban las lágrimas, y varios legisladores bajaron la cabeza, conmovidos por el peso de la memoria.

Más allá del ámbito nacional, la ceremonia reunió a cinco presidentes extranjeros que dieron al acto una dimensión continental. Tres de ellos representan el arco de la derecha regional: Javier Milei, empoderado por su reciente victoria parlamentaria en Argentina; Santiago Peña, que saca pecho por el milagro económico paraguayo; y Daniel Noboa, el mandatario más joven en la historia del Ecuador, que enfrenta el desafío del crimen organizado y la crisis económica.

Junto a ellos, dos voces de la izquierda progresista completaron el retrato: el chileno Gabriel Boric, en la recta final de su mandato, y Yamandú Orsi, heredero político de José Mujica, que llegó desde Montevideo con la serenidad austera de su maestro.

La imagen de los cinco, tan distintos y reunidos bajo las mismas banderas, fue un símbolo elocuente de la nueva etapa que se abre para Bolivia, un país que, en medio de sus fracturas, busca mirarse otra vez en el espejo de la democracia.

Al caer la tarde, culminaba su discurso. Rodrigo Paz dejó una frase que condensó el espíritu de la jornada: “Bolivia nos da todo y hoy nos convoca a servirla con amor”.

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