Muchos jóvenes bolivianos enfrentan actualmente una realidad marcada por el desempleo y el subempleo, sobre todo en las principales ciudades capitales del país, donde la falta de oportunidades laborales formales, la escasa vinculación entre universidades y empresas, y el predominio de la informalidad limitan sus posibilidades de desarrollo profesional. La psicóloga organizacional Aldana Fernández explicó, en una entrevista con el programa "¡Qué Semana! de EL DEBE Radio que Bolivia cuenta con entre un 27 y 30% de población joven, pero que gran parte de ese potencial se pierde al no existir suficientes oportunidades laborales. Según datos recientes, la tasa de desempleo general ronda el 10%, y entre jóvenes de 14 a 30 años alcanza el 6%. Cada año egresan más de 38 mil universitarios que buscan insertarse en un mercado reducido, donde el 80% de la oferta laboral es informal. “No hay contratos estables, no se generan beneficios sociales ni proyección de carrera. Eso genera frustración y un fuerte desgaste emocional”, señaló Fernández. La especialista señaló que es clave fomentar la experiencia laboral temprana, incluso desde los 15 años, y promover alianzas entre universidades y empresas que permitan prácticas reales durante la formación. Además, recomendó que los jóvenes fortalezcan sus currículums con idiomas, manejo de tecnologías y otras habilidades. Otro de los problemas señalados fue la creciente migración de talento, “En 2025, al menos mil estudiantes se fueron a España, además de Argentina, Brasil, Chile y Estados Unidos. El país está perdiendo capital humano valioso por falta de oportunidades”, advirtió Fernández. Finalmente, la psicóloga destacó que la solución debe incluir tanto responsabilidad individual como políticas públicas. “Necesitamos una formalización del empleo y cambios estructurales para que los jóvenes encuentren futuro en Bolivia. De lo contrario, la frustración seguirá creciendo y con ella la fuga de talento”, afirmó. A nivel social, el desempleo juvenil también repercute en las familias. Muchos jóvenes de 24 o 25 años continúan dependiendo económicamente de sus padres, lo que genera tensiones y retrasa su independencia. “Es una carga para las familias y una frustración para los propios jóvenes, que sienten que sus esfuerzos académicos no tienen recompensa”, explicó la experta. Mientras tanto, los programas gubernamentales que prometen cientos de nuevos empleos no generan confianza. Para Fernández, la falta de claridad en la planificación y las condiciones laborales poco favorables desincentivan la contratación formal. “No se trata de cifras infladas, sino de crear políticas realistas y sostenibles que abran verdaderamente las puertas a las nuevas generaciones”, sostuvo. Pese al panorama adverso, hay señales alentadoras. Cada vez más universidades implementan ferias de empleo y convenios con empresas para prácticas profesionales, mientras que los jóvenes exploran alternativas de formación digital, idiomas y emprendimientos innovadores. “La clave es prepararse de manera integral y empezar temprano, porque el talento boliviano existe y tiene mucho que aportar”, resaltó Fernández. En este sentido, fortalecer la cooperación entre Estado, universidades, empresas y sociedad civil se vuelve fundamental. Con políticas inclusivas y estrategias claras, el país podría transformar a su amplia población juvenil en el motor de desarrollo que impulse una economía más formal, competitiva y con oportunidades reales para todos.