Christopher Helmut Lewin Valdés no nació en una gran capital europea ni creció entre manteles blancos y cocinas silenciosas. Nació en Santa Cruz, Bolivia, y se formó como persona entre Santa Cruz y Puerto Suárez, territorios marcados por el calor, la naturaleza y una fuerte vida comunitaria.
Desde ahí, desde un origen que suele quedar fuera de los mapas de la alta gastronomía internacional, inició un recorrido que lo llevaría a uno de los mundos más cerrados y exigentes del planeta: el de la cocina de élite europea. Su historia no es la de un ascenso inmediato ni la de un talento descubierto de manera precoz.
Es, más bien, la historia de alguien que empezó desde abajo, como tantos migrantes bolivianos, y que durante años sobrevivió haciendo lo que hubiera a mano. En Bélgica, su primer destino europeo, trabajó en la calle, vendiendo en mercados, y en los inviernos limpiando escuelas. “A buscarme la vida como cualquier inmigrante”, dice, sin dramatismo, como quien enumera un hecho natural. El invierno europeo, duro y largo, marcó una de las etapas más difíciles de su vida.
Antes de llegar a Europa, sin embargo, ya había algo que lo acompañaba. La cocina no era aún una profesión, pero sí una presencia constante. “Desde que yo era niño… siempre me crie entre medio de esas viejas, de mis tías, de toda la familia que estaba cocinando”, recuerda. Olores, sabores, fuego de leña, técnicas básicas heredadas sin nombre académico. Ese aprendizaje temprano, casi invisible, sería más tarde una ventaja decisiva. “Los principios básicos de la cocina que viven en una cocina moderna, valen mucho”, afirma.
A los veinte años decidió irse. No porque tuviera un plan preciso, sino porque sentía que Bolivia no era su lugar en ese momento. “Era una persona un poco tiro al aire”, admite. Europa representaba algo más grande, un espacio donde su curiosidad podía encontrar sentido. Llegó a Antwerpen, en Bélgica, sin redes ni certezas, comenzando de cero. La vida del inmigrante no dejó margen para la idealización. Hubo una época que él mismo define como “muy oscura”, marcada por problemas, frustraciones y la sensación de estar perdido.
El giro llegó cuando entendió que debía buscar un camino más estable y, sobre todo, más cercano a lo que le gustaba hacer. Se inscribió en un curso de cocina de integración social en Bélgica, una experiencia que le permitió entrar profesionalmente a las cocinas. No fue un descubrimiento romántico, sino una elección forzada por la necesidad. “No tenía más opción”, dice. A partir de ahí, comenzó un recorrido exigente: pasar de restaurante en restaurante, buscando siempre el mejor, observando, aprendiendo y exigiéndose más que a los demás.
Ese proceso lo llevó a encontrarse con figuras clave de la gastronomía europea. Una de ellas fue Yves Matagne, chef belga y referente mediático antes de la era de las redes sociales. “Con él me forjé como chef”, explica. No se trata de imitación, aclara, sino de aprendizaje profundo: entender cómo funciona una cocina con quince, veinte o veinticinco cocineros, cómo se lidera un equipo y cómo se sostiene la presión diaria. Más adelante llegaría Mallory Gapsy, colega, socio y amigo durante casi diez años, con quien compartiría los momentos más duros y también los más decisivos.
Juntos abrieron un restaurante en Francia y lograron una estrella Michelin. Lewin era chef adjunto, Gapsy el titular, pero el reconocimiento fue compartido. “Conseguimos una estrella los dos”, señala. En el mundo Michelin, explica, nada es casual. La vida del cocinero es intensa, más exigente que cualquier comparación militar. Jornadas que empiezan a las ocho de la mañana y terminan de madrugada, días sin pausas, sacrificios familiares profundos. “Yo lo veía dormir a mi hijo”, confiesa. Hubo incluso una separación temporal de su esposa, impuesta por el ritmo de trabajo.
En ese trayecto, Christopher aprendió que la excelencia no se construye solo con talento, sino con constancia extrema. Trabajó más horas que la mayoría, asumió responsabilidades adicionales y entendió que, en la alta cocina, el margen de error es mínimo. Cada servicio es una prueba, cada plato una evaluación silenciosa. Esa presión permanente, lejos de quebrarlo, terminó por afinar su carácter y confirmar que su lugar estaba allí, en medio del fuego, el ruido y la disciplina absoluta.
Ganar una estrella no es solo una cuestión técnica. Para él, el punto central es la identidad. “No tenés que ser como todo el mundo. Tenés que tratar de ser vos mismo”, afirma. La guía Michelin valora la calidad, pero también la coherencia, la personalidad y la capacidad de sostener un estilo propio. En su caso, esa identidad está atravesada por su origen, por una cultura boliviana que define como multicultural y tan fuerte como cualquier otra del mundo.
Ese reconocimiento lo llevó a espacios reservados para muy pocos. Cocinó para los reyes de Bélgica, para Brigitte Macron y para figuras centrales de la política y la cultura europea. Recuerda con especial claridad el momento en que la reina se acercó a felicitarlo. “Me dijo que estaba excelente, extraordinario, sublime”, cuenta. El rey incluso rompió el protocolo para darle la mano dos veces. No hay ostentación en su relato, sino conciencia de lo excepcional del momento y del pequeño tamaño de ese mundo. “El mundo de las estrellas Michelin es muy pequeñito”, dice.
Después de años de trabajo ininterrumpido, Lewin decidió hacer una pausa. No como retirada, sino como preparación. “Necesitaba calmar un poco las ansias”, explica. Hoy vive en Normandía, lleva a su hijo al colegio, pasa tiempo con su familia y trabaja cuando quiere. Está en un proceso de reinvención, buscando un proyecto propio que refleje plenamente su estilo. Sabe que el reconocimiento no garantiza estabilidad eterna, pero también que haber cruzado esa barrera abre puertas que ya no se cierran del todo.
Al mirar hacia atrás, no habla de éxito en términos grandilocuentes. Habla de etapas. “La vida es por etapas”, dice, y cada una tiene dificultades que deben vencerse. La metáfora que elige es simple y reveladora: el fútbol. Para ser campeón hay que ganar todos los partidos, y cuando se pierde, aprender. Por encima de todo, destaca la familia. “No hay nada más importante”, afirma. Es la base, la continuidad, lo único que permanece cuando todo lo demás sube y baja.
Cuando piensa en quienes sueñan con recorrer un camino similar, su mensaje es directo. Nunca bajar la cabeza. No dejarse influenciar por quienes desaniman. Aceptar que para llegar hay que perder muchas veces. Y, sobre todo, no sentirse menos por ser boliviano. “Yo nunca cambié mi pasaporte”, subraya. Con ese documento y con lo aprendido en Bolivia enfrentó el mundo. En Europa aprendió a adaptarse, pero su saber profundo nació en su tierra. Su historia, al final, demuestra que el talento boliviano puede dialogar de igual a igual con el mundo sin renunciar a su identidad.
La entrevista fue realizada por la periodista Linda González, en el programa Aquí estoy, en EL DEBER RADIO, un espacio que permitió recorrer, sin poses, la trayectoria, las dudas y las convicciones del chef boliviano.