Mi amada La Paz está vacía o, más bien, vaciada. No solo de su gente que, a propósito de las fiestas de fin de año, inundaba las calles con todo motivo: trabajo, compras, paseo, turismo, en fin. Hoy no es así. Todo está disminuido, sobre todo los comercios, los restaurantes y, aunque ustedes no lo crean, hasta sus calles. A La Paz le falta su tea encendida, sus ganas, su ñeque y, más aún, cariño por la casa grande que supo ser. La Paz está abandonada en muchos sentidos y físicamente muy deteriorada. Hace un par de años que no vivo en La Paz y en ese tiempo he mirado otras calles, otras plazas, otras dinámicas, otros desafíos, otros cariños, y, como suele suceder, la comparación es inevitable, así como esta triste certeza: que los paceños nos hemos resignado a sufrir las consecuencias en nuestra calidad de vida por el hecho de ser sede de gobierno y al deterioro constante de una ciudad estancada. ¿Qué pasó? ¿Qué hacemos?
Como muchos paceños y paceñas, hace mucho que voy y vengo de esta ciudad -no por nada soy cochala- y a pesar de, por ejemplo, ver la belleza de una ciudad tan coqueta como Cochabamba, siempre florida, llena de parques y con ese clima inigualable, La Paz la superaba porque, decía yo: que los trabajos que el municipio encaraba eran estructurales, no de fachada (me refiero a las gestiones de Juan del Granado o la primera de Luis Revilla), como el embovedado de ríos, canalizaciones, planificación estratégica, participación ciudadana, trabajos preventivos en cuencas y cabeceras, construcción e implementación de hospitales de calidad, barrios de verdad, el maravilloso proyecto de educación ciudadana a través de las cebras, la envidiable gestión cultural de Andrés Zaratti (actual viceministro de Culturas y Folklore) y las dos batallas nunca antes libradas, la primera frente a la naturaleza porque la fría y árida La Paz se llenó de floridas jardineras, y la madre de todas las batallas frente al transporte privado para avanzar con el verdadero transporte público de los buses Puma Katari. El Teleférico es otro cuento, obra del gobierno de Morales que, aun maravilloso como es, se hizo a capricho presidencial, desoyendo el diseño del gobierno municipal que pretendía un servicio integral de transporte vinculado a los Puma Katari y los ChikiTiti, además de afectar la arquitectura de la ciudad (afeándola en muchos casos).
Enumerar el deterioro actual sería triste y La Paz no lo merece. Quienes lo han visto o viven allí lo saben. Solo diré dos cosas, suficientes para desahogar el nudo que tengo en la garganta: ¿cómo es posible que hasta ahora La Paz no tenga los puentes que tiene Cochabamba para atravesar el río Rocha? En La Paz, los puentes hacia Irpavi o Achumani, por ejemplo, ¿son provisionales?, porque si no, son una burla. Son tan precarios que una buena lluvia se los lleva como si nada. Una vergüenza. La segunda cosa es de fondo: hace poco, en el centro de la ciudad, anduve en medio de dinamitazos de una protesta, con el corazón que se me salía con cada ¡booooommm! El suelo y el cuerpo entero vibraban. Me tapaba los oídos, buscaba un pañuelo por si venían los gases lacrimógenos. Me había “desacostumbrado”. Y entre el caos, los buses escolares como si nada. ¡Como-si-nada.! ¿Cómo es posible? ¿Cómo es posible que los niños (y la población en general) vivan esa violencia cotidiana cuando lo que quisiéramos y merecemos es una ciudad amable, linda, limpia, segura, parques, centros comunitarios, teatros, paseos peatonales, arte, transporte público de calidad, menos autos, más veredas grandotas, calles peatonales, menos contaminación, más comunidad donde podamos crecer, compartir, trabajar y vivir con dignidad?
Entiendo que buena parte de la causa es política y económica, además de lo compleja y costosa que es La Paz por su topografía. Otra parte es gestión, capacidad, creatividad, etc. Y estoy absolutamente convencida de que la tercera causa (si no la primera) es su condición de sede de gobierno y “marchódromo” nacional por excelencia. Eso afecta la calidad de vida, la salud, el desarrollo económico, la educación, el turismo, el derecho al libre tránsito y movilidad, pone en riesgo el derecho al trabajo, la economía familiar, instala una cultura de la violencia que a su vez afecta profundamente la calidad de nuestra democracia. Por si fuera poco, alienta la emigración. Por eso, lo vengo diciendo hace años: La Paz debe demandar al gobierno nacional un “impuesto a la sede de gobierno”. Ciertamente esperemos que el gobierno nacional se esfuerce por evitar la conflictividad social y prime el diálogo. Lo cierto es que los paceños merecemos, antes que nada, vivir en paz. Y La Paz merece seguir siendo la ciudad donde los bolivianos, y todos quienes así lo deseen, elijan vivir.
Con las elecciones municipales a la vista se abre la esperanza y la posibilidad de recuperar el ñeqe y la mística de esta ciudad maravillosa, única e inmortal. Así lo dijo nuestro paceño mayor, el poeta Jaime Saénz: “Esta ciudad no se verá desvirtuada, no dejará de ser lo que es. No morirá. Tal cosa no ocurrirá, sino con la desaparición del último paceño sobre la tierra -y perdónesenos la vehemencia”.