Salvo contadas excepciones, quienes alcanzan el poder político o económico comparten un mismo denominador. Locales o extranjeros, cambian las historias, cambian los escenarios… pero las sombras siempre se repiten.
En abril de 1887, un obispo inglés recibió una carta incómoda de parte de Lord Acton, un brillante historiador que se había cansado de ver cómo la historia perdonaba a los poderosos solo por el brillo de sus coronas. Acton advertía que mientras más grande sea un cargo, más dura debería ser la condena a sus abusos. Negaba por completo la idea de que el cargo santifica al que lo ostenta. Para él, ese era el instante en que la corrupción encontraba su justificación: el fin empezaba a bendecir los medios. De esa carta salió una frase inmortal, un grito contra siglos de impunidad: “El poder corrompe, y el poder absoluto corrompe absolutamente”.
Más que un veneno que transforma a los hombres, el poder es una lupa que magnifica y desnuda lo que siempre fueron. El débil moral se vuelve tirano, el ambicioso se convierte en depredador, y el mediocre envidioso en verdugo.
Ya lo decía Maquiavelo en el siglo XVI en su guía para príncipes: “Es mejor ser temido que amado, si no se puede ser ambas cosas”. Para él, gobernar no era un acto de bondad, sino de supervivencia en el poder. La historia está repleta de ejemplos: políticos que llegaron con discursos de justicia y terminaron saqueando más que a quienes denunciaban; revoluciones que prometían libertad y se degeneraron en regímenes de megalomanía, hambre y represión. La Venezuela chavista, el castrismo en Cuba, las dictaduras militares en América Latina, el nazismo en Alemania, el estalinismo en la Unión Soviética, el maoísmo en China o las monarquías absolutistas que desangraron a Europa confirman que el poder no crea virtudes ni defectos: los amplifica.
El poder económico no es distinto al político. Cuando un empresario lo alcanza, aparece la misma arrogancia: la idea de que todo tiene precio y que todo se le permite. Que las leyes son obstáculos que se negocian, que los políticos son peones que se compran y que la competencia se aplasta hasta monopolizar el mercado. Se convencen de que explotar mano de obra barata es eficiencia, que comprar silencios es estrategia y que manipular la innovación es progreso. Robert Greene lo plasma con crudeza en Las 48 leyes del poder: “Destruya totalmente a su enemigo o controle las opciones: haga que otros jueguen con las cartas que usted reparte”. Esto no es solo teoría, es la descripción exacta de cómo se mueven quienes concentran el poder político y económico.
Sin embargo, hay otra cara de la moneda. El poder no siempre destruye: puede ser usado para liberar, para construir y para liderar hacia un futuro mejor. Churchill no solo sostuvo a Inglaterra en su hora más oscura, también defendió principios que marcaron el rumbo de Occidente. Empresarios como Henry Ford transformaron la industria, Steve Jobs revolucionó la forma en que nos relacionamos con la tecnología y Bill Gates junto a Warren Buffett han dirigido buena parte de sus fortunas a causas sociales. El poder, en manos de alguien con humildad, ética, autocontrol, principios, visión y límites, puede ser un arma de transformación positiva.
El problema no siempre es quién llega al poder, sino hasta dónde le permitimos llegar sin frenos ni contrapesos. Cuando nadie lo vigila, el poder usualmente se transforma en herramienta de sometimiento. No se trata de alcanzarlo, sino de resistir la tentación primitiva de usarlo para dominar. Esa es la frontera que separa al líder que entiende el poder como un servicio, del tirano que lo convierte en una sombra.