En la elección de gobernador en Santa Cruz no solo está en juego el control de la región más influyente del país. También podría definirse la estabilidad política del gobierno y la supervivencia del principal opositor, Jorge “Tuto” Quiroga. Más aún ahora que la candidatura de Juan Pablo Velasco pende de un hilo por la inexplicable demora en la tramitación de la personería jurídica de Libre.
Quiroga sabe que su futuro político depende, en gran medida, de lo que ocurra en Santa Cruz. Las encuestas anticipan una posible segunda vuelta entre Luis Fernando Camacho y JP Velasco, quienes han logrado despegarse del resto. Ese escenario no es neutro para nadie.
Para el presidente Rodrigo Paz, una victoria de Camacho supondría cierta tranquilidad. No solo evitaría el fortalecimiento de Quiroga, sino que además podría facilitarle un mayor margen de maniobra en la Asamblea, con el eventual respaldo de sectores de Libre que hoy esperan el desenlace cruceño para definir su posición futura.
El cálculo de Quiroga es distinto. Si Velasco lograra imponerse en segunda vuelta, Santa Cruz podría convertirse en la plataforma desde la cual proyectarse como el principal interlocutor del gobierno, respaldado por una región que ya le otorgó más del 60% de los votos en la última elección presidencial. Una derrota, en cambio, podría empujarlo hacia la irrelevancia política.
Hay una ironía en todo esto. El ascenso político de Tuto coincidió con el de Evo Morales y ahora ambos parecen acercarse, cada uno a su manera, al ocaso. Con una diferencia sustancial: Morales ganó varias elecciones y gobernó durante 14 años; Quiroga heredó la Presidencia tras la enfermedad de Hugo Banzer y ocupó el Palacio Quemado apenas un año.
Velasco representa para Quiroga una apuesta de bajo costo y alto potencial. Bajo costo porque el expresidente ya demostró fortaleza electoral en Santa Cruz; alto potencial porque el candidato cuenta con recursos propios suficientes para financiar su campaña. Además, Velasco ofrece algo políticamente valioso: mayor previsibilidad y menor autonomía que otros liderazgos que en su momento orbitaron alrededor de Libre y luego tomaron distancia.
Más que un programa estrictamente regional, lo que Quiroga propone a Santa Cruz a través de Velasco es liderazgo nacional. Una aspiración largamente acariciada por los círculos de poder cruceños, que durante dos décadas negociaron con el MAS desde una posición estructuralmente vulnerable.
La campaña de Libre combina agenda regional con estrategia nacional: denuncias de corrupción —especialmente en YPFB— y cuestionamientos a los primeros 100 días de gestión. En ese camino, Quiroga ha encontrado aliados inesperados. Evo Morales, que emerge periódicamente de su “cladestinidad” para lanzar críticas similares, y el vicepresidente Edmand Lara, siempre dispuesto a alinearse con cualquier voz que critique al presidente.
Rodrigo Paz, por su parte, parece haber abandonado el discurso exitista. En su balance de los 100 días ya no habló de “milagros”, sino de un país que apenas “flota” y que necesita empezar a “navegar”. El giro revela conciencia de los límites: la estabilidad lograda descansa casi exclusivamente en el levantamiento de la subvención y en un mayor endeudamiento.
El polémico decreto 5503 avanzó en la eliminación casi total del subsidio a los hidrocarburos, pero dejó abiertas dudas sobre la profundidad de las reformas estructurales necesarias para transitar del modelo masista hacia otro apoyado en inversión extranjera en hidrocarburos, minería y litio.
Esas reformas —si realmente se impulsan— deberán pasar por una Asamblea que hasta ahora ha sido poco más que un adorno costoso. El PDC carece de disciplina interna, Libre aún busca identidad y Unidad mantiene una relación ambivalente con el Ejecutivo que no garantiza mayorías automáticas.
Por eso Santa Cruz importa tanto. Si Velasco queda fuera de carrera, el camino de Camacho se despejaría considerablemente, aunque el comportamiento del electorado no es del todo previsible y los votos no siempre van en una sola dirección.
Quiroga enfrenta así una disyuntiva estratégica: persistir en la confrontación frontal —que empieza a generar desgaste en ciertos sectores— o asumir un rol más institucional y facilitar, desde su bancada, las reformas que el país necesita. La política de oposición permanente puede rendir réditos de corto plazo, pero también agota.
Quizá el mejor consejo para él sea el que alguna vez planteó: no pensar tanto en la próxima elección, sino en la próxima generación. El tiempo dirá si decide actuar en consecuencia.
Para el gobierno, la lección es clara: la gestión económica no sustituye a la gestión política. Hasta ahora, Paz ha atendido más las ramas que el bosque. Y en política, descuidar el bosque tiene sus consecuencias.