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La ruta de siempre, la tragedia de nunca acabar

Lunes, 30 de marzo de 2026 a las 04:00

Otra vez. La ruta hacia los Valles cruceños —el viejo camino a Cochabamba— vuelve a convertirse en escenario de desastre. Derrumbes, mazamorras, vehículos atrapados y, lo más doloroso, una vida perdida. No es un hecho aislado. Es un patrón.

La Administradora Boliviana de Carreteras (ABC) confirmó la muerte de un pasajero tras la caída de rocas, mientras cientos de vehículos quedaron varados en el tramo La Angostura–Samaipata . Las lluvias, intensas y persistentes, provocaron deslizamientos en puntos críticos como Petacas, Playón o Chorro Viejo, obligando incluso al cierre total de la vía.

La explicación oficial es conocida: la fuerza de la naturaleza. Y sí, sería absurdo negarla. Pero también sería irresponsable aceptarla como única causa. Porque cuando la tragedia se repite, deja de ser solo natural y pasa a ser estructural.

Las señales estaban ahí. Samaipata, El Torno, años de advertencias, de reportes, de accidentes que no fueron suficientes para generar una política sostenida de prevención. Lo que hoy se vive no es solo consecuencia de lluvias excepcionales, sino de una previsión insuficiente.

Explicaciones hay muchas. Resultados, pocos.

El impacto no se mide únicamente en vidas humanas —aunque ese debería ser siempre el límite infranqueable—, sino también en el golpe a la economía regional. La ruta a los Valles no es un camino cualquiera: es una arteria productiva y turística. Su cierre, justo en la antesala de un feriado largo, no solo genera incertidumbre, sino pérdidas concretas para productores, transportistas y operadores turísticos.

Se paga peaje, pero se recibe abandono. Esa es la percepción que hoy se instala con fuerza en quienes dependen de esta vía para trabajar y sostener su economía.

Y ahí es donde el debate debe incomodar.

Porque el problema no es nuevo. Es, más bien, una asignatura pendiente que las autoridades han postergado sistemáticamente. La gestión del riesgo, la inversión en prevención, el monitoreo permanente de zonas críticas y la capacidad de respuesta institucional siguen siendo tareas incompletas.

Para reducir el riesgo de derrumbes, sería necesario ejecutar al menos un conjunto de intervenciones básicas de estabilización. Estas deberían incluir el retiro del material suelto acumulado en las laderas, la construcción de cunetas y drenajes adecuados para evacuar el agua de lluvia —principal factor que debilita los taludes—, así como la instalación de mallas metálicas o barreras de contención en los puntos más inestables. En sectores particularmente críticos también podría recurrirse a terrazas de alivio o pequeños muros de sostenimiento que reduzcan la pendiente efectiva del talud. Se trata de obras relativamente simples desde el punto de vista de la ingeniería vial, pero indispensables para disminuir el riesgo de nuevos deslizamientos.

En ese contexto, el rol del Servicio de Encauzamiento de Aguas y Regularización del Río Piraí (Searpi) resulta clave. Sin embargo, en los últimos años ha sido debilitado en recursos y en capacidad operativa. Y eso, en una región donde la dinámica hídrica y geológica define la seguridad de las rutas, no es un detalle menor: es una omisión grave.

Las próximas autoridades de la Gobernación cruceña no pueden mirar hacia otro lado. No se trata de reaccionar ante cada desastre, sino de anticiparse a él. Devolverle al Searpi su fortaleza institucional no es una opción técnica; es una decisión política urgente.

Porque lo que está en juego no es solo la transitabilidad de una carretera. Es la vida de quienes la recorren. Es la economía de quienes dependen de ella. Y es, sobre todo, la credibilidad de un Estado que no puede seguir llegando siempre después de la tragedia.

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