La coyuntura política y económica de Bolivia en este inicio de 2026 presenta una paradoja que desafía los manuales clásicos de la ciencia política. Un país sumido en una profunda crisis, escasez de divisas y ajustes estructurales por lo general combatía cualquier gobierno independientemente de su filiación ideológica. Esto, según últimos estudios no pasa hoy en el país.
Se añade a esta situación la fractura interna del Ejecutivo, donde el vicepresidente Edmand Lara ejerce una suerte de oposición desde dentro intentando capitalizar el descontento de sectores radicales a través de plataformas digitales. Bombardear las redes sociales desde TikTok parecía tener cierto efecto adverso para la Presidencia, empero, lo que realmente deja ver el anacrónico papel vicepresidencial es que el valor de la libertad y el quiebre con el modelo autoritario del Movimiento al Socialismo (MAS) constituye un capital simbólico que supera las penurias materiales del presente y los dislates vicepresidenciales.
Una situación así plantea una pregunta básica: ¿Cómo se construye la legitimidad cuando la canasta básica se encarece? El mecanismo social fundamental parece ser la transparencia del sacrificio compartido. A diferencia del régimen anterior, que creó una cortina de niebla y oscuridad en torno a todos los actos oficiales, el actual gobierno ha optado por un realismo descarnado. La confianza no emana de la abundancia, sino de la percepción de que la crisis es un legado inevitable y que las medidas, por duras que sean, cuando son transparentadas y sinceras hacen parte de una responsabilidad compartida, por dolora que sea.
La sociedad boliviana parece haber desarrollado una resiliencia basada en la verdad. Veinte años de mentiras lograron desarrollar el antídoto. Este resultado tiene además consecuencias sustantivas; la verdad reconstituye instituciones, rearma esperanzas, restituye valores y permite la convivencia entre diferentes sin ideologías de por medio.
A todo esto, se suma que, el hecho de que los bolivianos valoren positivamente la verdad por encima de todo, el restarle apoyo al "vicepresidente opositor" demuestra una madurez democrática notable. En el fondo, la participación virtual de Lara huele a mentira, a subterfugio masista, a ese repugnante mecanismo que nos hacia sentir idiotas. Probablemente por eso, Lara representa una fragmentación irreal, que empieza a cansarnos y deja clara una pose mediocre y falta de toda visión histórica que se expresa en ese lapidario 20% que aún apoya al expolicía. Todo esto nos permite asumir que el retorno de la democracia ha reconstituido sistemas de valores que le permiten al ciudadano reconocer la realidad más allá de los discursos mentirosos de odio, de raza, o aquellos populacheros que ya nada significan para la sociedad boliviana.
Notemos además que, la libertad no es aquí un concepto abstracto; es la ausencia del temor al aparato represivo y la recuperación de la voz propia en el espacio público. El fin de la mentira. La contundente emancipación que acompañan los discursos sinceros y las narrativas honestas.
La ciudadanía boliviana ha demostrado que su conciencia democrática es más poderosa que la narrativa del hambre utilizada por el populismo, que la diatriba de la corrupción utilizada por el vicepresidente, o la apelación al pasado propia de Evo Morales. Se ha aceptado el costo de la libertad. La crisis económica es el precio de una resaca tras décadas de excesos autoritarios, y el pueblo parece estar dispuesto a pagarlo con tal de no retornar a un sistema que vulneró su dignidad y su futuro, y, sobre todo, al gobierno que restituyo -por dolora que sea- la verdad como fundamento de la acción.