La competencia global por los minerales críticos se ha convertido en uno de los ejes centrales de la política internacional contemporánea. Litio, tierras raras, grafito y otros insumos estratégicos son hoy componentes indispensables de baterías para vehículos eléctricos, semiconductores, energías renovables, sistemas digitales y tecnologías de defensa. La transición energética, la electrificación del transporte y la seguridad nacional han elevado estos recursos a la categoría de activos geopolíticos. En este contexto, Estados Unidos ha intensificado sus esfuerzos para diversificar cadenas de suministro altamente concentradas (especialmente frente al predominio de China en la refinación y procesamiento) convocando una coalición internacional destinada a asegurar abastecimientos más resilientes y transparentes
Con ese propósito, el Departamento de Estado organizó en Washington, D.C., una reunión ministerial sobre minerales críticos que congregó a delegaciones de más de cincuenta países, junto con representantes del sector privado y organismos multilaterales. El encuentro, encabezado por el secretario de Estado Marco Rubio y con participación del vicepresidente Vance, buscó coordinar estrategias para reducir dependencias estratégicas, promover inversión y cooperación técnica, y articular una arquitectura de suministro que combine seguridad económica y competitividad industrial
La participación de Bolivia en este foro reviste especial relevancia. El país forma parte del denominado “Triángulo del Litio”, junto con Argentina y Chile, y posee una de las mayores reservas mundiales de este mineral, esencial para la fabricación de baterías de alta capacidad. Sin embargo, reducir el potencial estratégico boliviano exclusivamente al litio sería un error analítico. El subsuelo del país alberga también otros minerales considerados críticos para la economía tecnológica contemporánea, entre ellos, tierras raras asociadas a formaciones andinas, wolframio (tungsteno), estaño, zinc, plata con subproductos estratégicos, además de metales de alto valor tecnológico como indio, galio y antimonio, utilizados en semiconductores, paneles solares, fibras ópticas y aplicaciones de defensa. Esta diversidad mineral convierte a Bolivia en un proveedor potencialmente integral dentro de múltiples cadenas de valor, no solo en la movilidad eléctrica, sino también en electrónica avanzada y seguridad industrial.
En Washington, la delegación boliviana estuvo encabezada por el canciller Fernando Aramayo y el ministro de Minería Marco Antonio Calderón, con el mandato explícito de posicionar al país como socio confiable en las cadenas internacionales de minerales críticos y explorar esquemas de cooperación tecnológica e inversión extranjera. El objetivo declarado fue integrar a Bolivia a redes productivas que no se limiten a la extracción primaria, sino que incorporen procesamiento, industrialización y mayor valor agregado, reduciendo así la histórica dependencia de la exportación de materias primas
El giro es significativo desde el punto de vista político. A lo largo de las dos últimas décadas, la estrategia boliviana se ha caracterizado por un fuerte énfasis en la soberanía estatal sobre los recursos naturales y por cautelas frente al capital extranjero, lo que ralentizó o frustró numerosos proyectos de industrialización. La nueva coyuntura, sin embargo, combina presión internacional por asegurar suministros con la necesidad interna de diversificar la economía, lo que abre un espacio para alianzas más pragmáticas. En un entorno donde los minerales críticos son vistos no solo como mercancías sino como instrumentos de poder estratégico, la inserción en esquemas multilaterales puede traducirse en acceso a financiamiento, transferencia tecnológica y mercados estables.
La dimensión geopolítica es ineludible. Estados Unidos y sus socios buscan contrarrestar la concentración del procesamiento de tierras raras y otros minerales en China, que actualmente domina etapas clave de la cadena de valor. La reunión ministerial respondió precisamente a esta preocupación, subrayando la urgencia de construir suministros alternativos y confiables. Para países productores como Bolivia, esta rivalidad crea una ventana de oportunidad: convertirse en actores indispensables dentro de una red diversificada de proveedores, negociando condiciones más favorables y mayor autonomía estratégica
No obstante, el potencial económico debe equilibrarse con desafíos internos. El desarrollo de la minería de litio y otros minerales críticos exige infraestructura, estabilidad regulatoria, estándares ambientales robustos y mecanismos de participación comunitaria que eviten conflictos sociales. Asimismo, la credibilidad internacional depende de marcos jurídicos claros y de la capacidad del Estado para gestionar proyectos complejos sin demoras burocráticas. En ausencia de estos elementos, la ventaja geológica podría diluirse frente a competidores regionales más ágiles.
La reunión de Washington, más que un evento protocolar, simboliza el ingreso de Bolivia en una conversación estratégica de alcance global. El país ya no es solo un reservorio potencial de recursos, sino un actor cuya decisión de integrarse, o no, a nuevas alianzas puede influir en la arquitectura energética del hemisferio. En la medida en que logre convertir su riqueza mineral en desarrollo tecnológico, empleo calificado y cadenas productivas domésticas, Bolivia podría transformar su histórica condición de exportador primario en la de proveedor estratégico dentro de la economía verde y digital. El desafío consiste en traducir esa oportunidad geopolítica en una política pública coherente y sostenida, capaz de equilibrar soberanía, cooperación internacional y desarrollo sostenible.
A largo plazo, la relevancia de esta coyuntura trasciende el ciclo inmediato de precios o inversiones: durante los próximos veinte años, la posición de Bolivia en el sistema internacional estará cada vez más determinada por su capacidad de convertir sus minerales críticos en palancas de poder económico, tecnológico y diplomático. Si logra articular una estrategia nacional coherente, atraer capital y conocimiento sin renunciar a estándares ambientales y sociales, e integrarse inteligentemente a cadenas de valor globales, el país podría consolidarse como un actor estratégico indispensable en la transición energética y en la seguridad industrial del hemisferio. Pero esa oportunidad histórica exige un requisito básico: estabilidad política, reglas claras y continuidad institucional. Sin previsibilidad y gobernanza sólida, incluso la mayor riqueza geológica pierde valor; con ellas, Bolivia puede transformar sus recursos naturales (una vez más) en influencia geopolítica y desarrollo sostenible para las próximas décadas.
(*) El autor es consultor internacional