La relación entre Bolivia y Chile ha estado marcada por una larga historia de desconfianzas, gestiones estériles y agendas inconclusas. En ese contexto, una eventual aproximación entre Rodrigo Paz y José Antonio Kast presidentes de Bolivia y Chile respectivamente, ambos con una afinidad ideológica conservadora y énfasis en el orden institucional, el mercado y el pragmatismo estatal, abriría un escenario inédito que merece una lectura cuidadosa, más allá de entusiasmos pasajeros o aprensiones automáticas.
Como parte de la hoja de ruta para reencauzar la relación bilateral interrumpida hace seis décadas, el 16 de enero se produjo en Santiago el encuentro entre los cancilleres de ambos países sobre una agenda de temas de interés recíproco. En tanto, el jefe de Estado boliviano tiene previsto asistir el 11 de marzo en Valparaíso a la posesión de su homólogo trasandino, un gesto considerado trascendente al igual que el llamado telefónico de Paz a Kast para felicitarlo por su triunfo electoral y que marcó un primer acercamiento entre ambos. “La voluntad política existe, ahora el desafío es darle operatividad a esa voluntad y traducirla en acuerdos concretos”, refirió el canciller boliviano Fernando Aramayo.
Desde una perspectiva política, la coincidencia ideológica podría reducir el tradicional ruido discursivo que ha acompañado el vínculo bilateral entre ambos estados. Un lenguaje común -centrado en soberanía, estabilidad macroeconómica, seguridad y reglas claras para la inversión- facilitaría canales de comunicación directa y menos ideologizados. Esto no implica, sin embargo, la desaparición de los nudos gordianos, en particular la demanda marítima boliviana, que seguiría siendo un límite estructural. La diferencia estaría en el método a aplicarse con menos retórica, más gestión técnica y una diplomacia sagaz y silenciosa.
En el plano económico, ambos presidentes probablemente priorizarían la integración funcional antes que repetir gestos de cortesía y unas simples manifestaciones de buenos propósitos. Corredores bioceánicos, facilitación aduanera, modernización portuaria y cooperación energética podrían avanzar bajo una lógica de beneficios recíprocos. Para Bolivia, el acceso eficiente a puertos chilenos es una necesidad estratégica; para Chile, consolidarse como plataforma logística del Cono Sur es una ventaja competitiva. La afinidad ideológica podría traducirse en acuerdos operativos concretos, siempre que se eviten lecturas de subordinación o concesión unilateral.
No obstante, este alineamiento también entraña riesgos. Una relación excesivamente tecnocrática puede ignorar sensibilidades sociales profundas, especialmente en Bolivia, donde la cuestión marítima no es solo diplomática, sino identitaria. Si la gestión de Paz optara por ‘enfriar’ el tema sin una narrativa política clara, podría enfrentar resistencias internas. En Chile, Kast tampoco tendría un margen amplio para ceder en soberanía, dado el peso del nacionalismo chileno en su base de apoyo. La afinidad ideológica, en ese sentido, no elimina las presiones domésticas; solo las reconfigura.
Asimismo, una relación bilateral marcada por gobiernos ideológicamente similares podría generar suspicacias en la región, especialmente si se percibe como un eje excluyente o alineado de manera acrítica con agendas extra-regionales. El desafío estaría en compatibilizar un pragmatismo bilateral con una política exterior equilibrada, que no erosione los espacios multilaterales ni la autonomía estratégica de ambos países.
En síntesis, una gestión simultánea de Paz y Kast ofrecería una ventana de oportunidad para descomprimir la relación Bolivia–Chile y avanzar en áreas concretas de cooperación. Pero el éxito de ese acercamiento dependería menos de la afinidad ideológica que de la capacidad política para administrar expectativas, reconocer límites históricos y construir confianza sin atajos. La historia bilateral demuestra que las coincidencias de gobierno pueden abrir puertas; cruzarlas con inteligencia es otra tarea.