La guerra sucia y la desinformación desatadas en las redes sociales están empañando el entusiasmo que prometía provocar la campaña por la segunda vuelta electoral que por primera vez se realiza en el país.
Hasta la reforma constitucional de 2009, si ninguno de los candidatos obtenía la mayoría absoluta, los parlamentarios (senadores y diputados) electos en los comicios generales debían elegir a los nuevos presidente y vicepresidente de la República de entre los candidatos que ocuparon los dos primeros puestos en las elecciones generales.
Este procedimiento fue muy cuestionado, por lo que en la nueva Constitución Política del Estado (CPE) se instituyó la segunda vuelta electoral en la que es la ciudadanía la que elige al presidente y vicepresidente de entre los candidatos que, 1. obtuvieron mayor votación en la primera ronda, sin alcanzar la mayoría absoluta; 2. que entre el primero --si ha obtenido el 40% o más de votos-- y el segundo, haya una diferencia mínima de 10 puntos.
Sobre la campaña electoral que concluyó el domingo se ha dicho mucho. En esta oportunidad quiero señalar tres cuestiones: la primera, destacar el trabajo del Órgano Electoral Plurinacional (OEP), particularmente de su presidente, Oscar Hassenteufel Salazar, que cumplió, como se hizo en 2020, el mandato constitucional de organizar una elecciones libres, plurales y transparentes.
La segunda, destacar la digna reacción del ex candidato Samuel Doria Medina al anunciar, inmediatamente después de conocerse los resultados, que en la segunda vuelta electoral dará su respaldo al binomio victorioso, cumpliendo su compromiso de apoyar a quien salga primero en el campo opositor.
La tercera, que los resultados obtenidos nos indican que políticos, analistas, periodistas y opinadores, seguimos viendo el país con los ojos y categorías de ayer y nos cuesta romper nuestras anteojeras para conocer el país actual en el que estamos viviendo.
El próximo 19 de octubre volveremos a las urnas para elegir entre el binomio Rodrigo Paz - Edman Lara, y Jorge Tuto Quiroga-Juan Pablo Velasco.
Como dije, la optimista expectativa ante el balotaje se esfumó cuando a los pocos minutos de conocerse la victoria del binomio Paz-Lara, comenzó una guerra sucia de elevado contenido racista y con ribetes de golpismo (varios hacen referencia a un supuesto “fraude”) que, me parece, ofende a la ciudadanía que esperaba que, ya en las puertas del poder, se impondría una campaña proselitista racional y decente.
Vana esperanza (por lo menos hasta el momento que escribo esta columna). La derecha más radical y conservadora está empeñada en hacerse a como dé lugar del poder y, para ello, cree que todo vale, provocando, como lamentablemente no podía ser de otra manera, una reacción también radical de los agredidos.
Triste concepción de la controversia política que está empañando un complejo proceso electoral en el que, por un lado, se ha logrado derrotar democráticamente un proyecto autoritario como el promovido por el MAS en sus diferentes corrientes. Por otro lado, ha ganado, limpiamente, una propuesta de conciliación antes que de confrontación.
Y respecto a los resultados de la votación del 19 de octubre, mi esperanza, y creo que la de una absoluta mayoría de ciudadanos, hombres mujeres, es que sean respetados por los contendientes, de manera que el 8 de noviembre, cuando termine constitucionalmente la actual gestión de gobierno, quienes ingresen al Palacio de Gobierno conformen una mayoría democrática y los que queden fuera de él ejerzan una oposición democrática.
Solo así terminará el ciclo autoritario inaugurado en 2006 por el MAS y comenzará uno nuevo en el que, esperemos, se consolide en el país un sistema democrático sólido que resista los embates de proyectos radicales autoritarios de poder, llámense socialista o libertarios.
Creo que nos lo merecemos…