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El miedo a equivocarnos: raíces invisibles de nuestro comportamiento

Jueves, 22 de enero de 2026 a las 04:00

La internalización de un paradigma educativo punitivo, centrado en el castigo y el control, y reforzada por la creencia de que el error es un “pecado” vigilado desde la infancia, tiene efectos amplios en el desarrollo individual y en el comportamiento colectivo. Este tipo de educación moldea una visión del mundo donde el miedo, la culpa y la sumisión a la autoridad se vuelven centrales. Esto impacta de manera significativa en la política, la vida social, la economía y el avance tecnológico de una sociedad.


En lo político, un sistema donde el error se castiga severamente fomenta la obediencia sin cuestionamientos, debilitando la democracia. El miedo al juicio limita la participación cívica, y la percepción de las instituciones como entes represivos genera desconfianza y pasividad ante lo público.


En la vida social, cuando el error se asocia al pecado, se fortalece una cultura de juicio y vergüenza. Las personas ocultan su autenticidad para evitar el rechazo. Esto fragmenta la sociedad, reduce la cooperación y genera intolerancia hacia lo diverso.


En la economía, la aversión al error frena la creatividad, la innovación y el emprendimiento. El trabajador teme proponer ideas nuevas, lo que disminuye la productividad y perpetúa la desigualdad. Fallar se castiga en lugar de verse como parte del proceso de aprendizaje.


En el ámbito tecnológico, la innovación nace de la experimentación. Una cultura que penaliza el error desalienta la exploración. El miedo al fracaso limita la adopción de nuevas tecnologías, y un sistema educativo centrado en la memorización margina el pensamiento crítico necesario para los avances científicos.


Numerosos estudios respaldan estos impactos. Milgram mostró cómo la obediencia ciega surge del miedo al castigo. Adorno describió cómo una educación rígida alimenta personalidades autoritarias. Bandura explicó que aprendemos por imitación y refuerzo: si se premia el castigo, se replica. Brene Brown demostró que la vergüenza bloquea la conexión y la creatividad. Amabile y Dweck mostraron que la innovación solo florece donde hay permiso para fallar. Edmondson lo resumió con claridad: sin seguridad psicológica, no hay equipos creativos ni cambios sostenibles.


No se trata de juzgar a quienes nos educaron desde el miedo. Ellos también heredaron ese modo de mirar la vida. Cada generación entrega lo que pudo aprender.


Pero las crisis que hoy vivimos —en la política, en la salud mental, en la relación con la tierra y con nosotros mismos— no son solo señales de agotamiento: son también llamados a mirar distinto. Nos invitan a dejar de repetir sin conciencia y a preguntarnos, con el corazón abierto, si queremos seguir viviendo bajo la sombra del castigo, o si ha llegado el momento de cultivar una manera nueva de crecer: más libre, más humana, más viva.


Esta visión del error como pecado, transmitida muchas veces desde la educación religiosa, no cuestiona la fe en sí misma, sino la forma en que fue enseñada. Cuando lo sagrado se presenta como vigilancia constante, y lo divino como amenaza de castigo, la espiritualidad pierde su poder de consolar, liberar y transformar. No es la creencia lo que se pone en duda, sino el método. Tal vez hoy podamos recordar que toda fe auténtica nace del amor, no del miedo; y que lo divino no castiga el error, sino que lo abraza para enseñarnos a vivir mejor.


Una cultura que acoge el error como maestro, que transforma la vergüenza en comprensión y el control en cuidado, no solo forma mejores ciudadanos: devuelve a las personas el permiso de ser humanas. Allí donde uno puede equivocarse sin ser reducido, el alma respira.


Recordemos esto: lo humano florece donde se siente seguro. Ninguna tecnología, ninguna economía, ningún sistema político podrá sanar una sociedad si antes no sanamos la manera en que nos miramos, nos educamos y nos acompañamos unos a otros en el camino de aprender a vivir.
 

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