El año 2024 marcó el fin de ciclo del “Movimiento al Socialismo-Instrumento por la Soberanía de los Pueblos” (MAS-IPSP), una de las últimas manifestaciones del decadente “Socialismo del Siglo XXI”. Y el colapso de su fallido “Estado Plurinacional” junto a su defectuoso “Modelo Económico Social Comunitario Productivo”, precipitado por irreparables fracturas internas entre sus principales variantes: Evo Morales, Luis Arce y David Choquehuanca. Tales divisiones sacaron a la luz disputas de poder, alimentadas por corrupción, degradación moral y chantajes mutuos. Tales tensiones desmantelaron la aparente “base política y social” que el MAS intentó fingirle al país, ocultando, en realidad, una de las autocracias más degeneradas de la historia.
El canibalismo entre las “variantes” horadó aún más la capacidad de su último Gobierno, resultando en la pérdida territorial del Chapare (la mayor desde la Guerra del Chaco), donde ni la Policía ni las Fuerzas Armadas pudieron regresar; dando paso a una suerte de “republiqueta forajida”. Esto ha profundizado la sensación de vacío de poder, ausencia de autoridad, inseguridad ciudadana y ha incrementado la percepción de ilegitimidad entre la ciudadanía respecto de quienes ocupan el Ejecutivo en sus últimos meses.
Asimismo, el Arcismo consolidó un Estado de facto -en reemplazo del Estado de Derecho republicano-, secuestrando el Legislativo, prorrogando ilegalmente el mandato de exmagistrados judiciales y mutilando el proceso de elección judicial para preservar a sus operadores más serviles, quienes facilitaron el despojo de una sigla partidaria. Y que, en última instancia, intentarán promover una nueva prórroga del Ejecutivo, asumiendo sus mínimas posibilidades de triunfar en las urnas (en cualesquiera de sus variantes).
Por otro lado, esta pugna política también tuvo un efecto desgastante en el también fallido “Modelo Económico Social Comunitario Productivo”, basado en la irresponsable contratación de billonaria deuda pública (sin capacidad de pago), la asfixia del mercado, la presión tributaria, clientelares subvenciones, privilegiadas rentas vitalicias para la casta, el engorde mórbido del Estado, el dispendioso gasto público, que produjeron una galopante multicrisis.
Así, el “Estado Plurinacional” que no fue más que un burdo intento por “travestir” a Bolivia en base a complejos sociales y disforia cultural, ofertado como un falso “símbolo de inclusión y cambio”, terminó “suicidado”.
Desde esas cenizas, en el umbral del Bicentenario de la República boliviana, el año 2025 se erige como una oportunidad histórica para superar el pasado, clausurar un ciclo de degradación e inaugurar un nuevo sentido común inspirado en la Libertad. Esta celebración no solo marca dos siglos de independencia, sino que convoca a la reinstitucionalización de nuestra República sobre los pilares del orden con seguridad jurídica, una transformación socioeconómica y productiva, el equilibrio de poderes, la unidad nacional y el respeto a las autonomías. Es el momento de rescatar las instituciones secuestradas e insertar a una Bolivia de mercados competitivos en el siglo XXI.
Porque si en 1825 rompimos las cadenas de la monarquía para nacer independientes; hoy, con el mismo ímpetu libertario, rompemos las cadenas de la autocracia masistoide para renacer como una República de ciudadanos libres. ¡Salve la República, faro de libertad!