Andrés Yamit Carrillo Mendoza / Misionero pasionista A quienes visitan un amigo enfermo y le preparan comida. A quienes visitan las calles repartiendo café, un sándwich o una galleta, y dan ternura a los habitantes de las calles. A quienes van a los hospitales y llevan fruta u otro alimento..., también una sonrisa. A quienes van a las cárceles y visitan a quienes en la soledad sufren… A quienes llevan chocolates y flores, a las sin nombre de este mundo, quienes trabajan en la prostitución. Y se les pregunta su nombre y se les da una bendición con una flor. A todos aquellos que han decidido vivir un banquete con quienes nadie quiere compartirlo. A los seres humanos llenos de ternura y que salen de sí mismos para vivir la dicha de compartir. Compartir, servir y amar es la fortuna del ser humano. No es un acto social, no es una teoría, ni ideología. Es la obra más sencilla y mas grande para ser feliz. Jesucristo el Señor, reunió a sus doce amigos, y les lavó los pies, les partió el pan y les dijo: No hay amor más grande que el que da la vida por los amigos. La felicidad de Jesús fue servir, vivir su vocación y misión. Por eso, cuando ves un papá jugando con sus hijos, corriendo, dándoles de comer, preocupándose de ellos, genera emoción y alegría. El papá y la mamá están cuidándolos, se olvidan de sí mismos con tal de servir a sus hijos. Y verlos bien, les hace felices. La cena de Jesús no es otra cosa que el camino de la felicidad. Solo quien es capaz de lavar los pies a sus hermanos, a sus amigos, entiende el sentido de vivir. Hay profesionales de la salud que no tienen los mejores sueldos, y trabajan con precariedad en sistemas de salud, ayudando y curando a su gente. Hace poco unos amigos tuvieron una situación dolorosa en la víspera a la celebración de su boda. Vivieron una estafa. Sin embargo, ellos no perdieron la alegría, su familia y amigos, se movieron a solucionar los detalles que hacían falta para la boda. Fui testigo del cariño. La estafa solo alumbró la bondad. Allí ante estos dos novios, con ilusión de casarse, vi a los amigos lavándole los pies, cuidándolos y sirviéndoles. Había una felicidad genuina. La novia decía: Dios nunca nos dejó solos. Cuando se tornó todo oscuro, Dios nos dio más de lo que me imaginábamos. Jesús a través de sus amigos y familiares, les cuidaron, le amaron. Les lavaron los pies. Jesús partió el pan y los dio a sus discípulos diciendo: Tomen y coman esto es mi cuerpo que se entrega por ustedes. Y luego tomo el cáliz lleno de vino y dijo, tomen y beban, ésta es mi sangre que se entrega por sus pecados. Partir el pan es una de las realidades más grandes y difíciles de la vida. No es fácil partir el pan si lo pensamos racionalmente. Y desde la sociedad egoísta que nos promueven los medios, hablar de gastar mi tiempo en servir a otro, no se ve beneficioso. Nos están enseñando la cultura del egoísmo. Por eso, es un desafío hoy partir el pan. Liberarse de las ideologías egoístas, salir al encuentro del otro y dedicar tiempo y hasta recursos para servir, tiene un sentido más grande, se llama la felicidad. Jesús partió el pan, lo multiplicó, sació las multitudes. Pero específicamente en una cena, quiso que los discípulos fueran conscientes. Allí estaba Judas, quien lo traicionó. Jesús no lo apartó de la mesa. Lo contrario, también le lavó los pies, y también le amo. El que ama, no está pensando si le van a agradecer o no. Y aunque duele la traición, pero el que está enamorado sigue amando. El que quiere servir, lo hace con cariño. No hay mayor amor que el que da la vida por sus amigos.
Hermanos y amigos, en esta bendita vida que Dios nos dio. Que no nos de miedo amar. Que nos hagamos felices. Todos los días, aunque nos equivoquemos, que nuestra intención sea hacer felices a otros. Y no olvides que el secreto de la felicidad está en el gran banquete del compartir. Lávale los pies a quien lo necesite. Le harás y serás feliz.