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Decepción en la UAGRM

Domingo, 28 de diciembre de 2025 a las 06:00

Por Redacción

      

Carolina Méndez Valencia | Periodista

Volví a la universidad en 2025 después de casi diez años fuera de las aulas. Lo hice luego de haberme graduado, de haber cursado una maestría en el exterior, de haber trabajado como periodista en varios medios, y de haberme convertido en docente universitaria. Es decir, volví con muchos parámetros de comparación y con bastante sed de seguir aprendiendo.
Lo que encontré en la UAGRM fue algo realmente triste: una precariedad académica tan extendida que ya no parece un problema, sino un sistema. Algo que se acepta, se tolera, se reproduce. Algo que, a fuerza de repetirse, deja de escandalizar. 
Aunque no dudo que puede haber docentes comprometidos (de hecho en el año encontré dos) la regla fue más bien encontrar lo opuesto. Un nivel de precariedad académica que resulta imposible normalizar sin caer en la complicidad.
Sé que lo que diré a continuación no será sorpresa para nadie que haya pasado por la Gabriel pero es que no deja de ser lamentable que nos conformemos con tanta mediocridad como si realmente no pudiéramos salir del círculo vicioso de la negligencia. 
Voy a contar dos casos para ilustrar mi decepción. Debo precisar que son experiencias dentro de la Facultad de Ciencias del Hábitat, Diseño y Arte. El primer caso es el de un docente que aspira a algún espacio de poder y convirtió el aula en plataforma constante de campaña electoral. Primero pregonando que quería llegar a ser candidato a presidente y luego cuando no se le dio, volcando sus ansias hacia el rectorado. Todo el semestre las clases fueron sustituidas por discursos políticos, pedidos explícitos de voto y solicitudes de apoyo para su candidatura a rector, incluso con narrativa coercitiva. Exigiendo a ir a sus proclamaciones y demostrando molestia en clases cuando era evidente la falta de respaldo.
Ese mismo docente ejercía la autoridad en aulas desde la humillación: comentarios abiertamente homofóbicos hacia estudiantes varones por usar piercings; afirmaciones morales sobre el rol de las mujeres y su “obligación” de guardarse para un marido; relatos íntimos de su vida familiar absolutamente impropios; imposiciones colectivas de frases repetidas al unísono como acto de sumisión: “disculpe ingeniero, me equivoqué”; advertencias explícitas contra cualquier crítica en redes sociales; y afirmaciones religiosas presentadas como verdades incuestionables: “Israel es el pueblo de Dios y no hay genocidio palestino”.
No se trata aquí de un problema de “estilo docente” ni de una diferencia de opiniones. Se trata de uso indebido del poder, de abuso simbólico y de una concepción autoritaria del aula. La pregunta no es solo qué hace ese docente en un aula, sino qué hace una universidad que tolera esto impunemente.
En el otro caso el deterioro adoptó una forma menos ruidosa pero igual de dañina: un docente que asistía muy poco a clases y que no se molestaba en disculparse, ni siquiera por WhatsApp. No se sonrojaba al dejar a la gente esperando hasta tres horas en las aulas.  Cuando decidía aparecer, siempre llegaba tarde y se iba antes de que concluya el horario establecido. Su única metodología (si se puede llamar así) consiste en hacer exponer a los estudiantes los mismos tres temas durante todo el semestre. Todo repetido clase tras clase hasta el hartazgo, sin guía, sin correcciones y sin retroalimentación. Mientras los estudiantes hablan, él deja la vista clavada en el celular.
En ese contexto, el contenido da igual. La información podía ser errónea, superficial o directamente absurda: no había consecuencias. La ausencia de exigencia se volvió norma. A esto se sumaron evaluaciones mal redactadas con errores de sintaxis y una alarmante confusión conceptual. 
Cada docente tiene derecho a definir su enfoque pedagógico. Lo que no es defendible es la inexistencia total de metodología, el abandono del aula y la naturalización del cero esfuerzo. Mucho menos cuando se trata de cargos bien remunerados, con salarios que alcanzan cifras de hasta cinco dígitos.
El daño no se limita a materias no aprovechadas sino a algo más profundo: estudiantes que internalizan que eso es “ser profesional”, que la improvisación y el autoritarismo son formas legítimas de ejercer poder. Una universidad que forma desde la mediocridad no solo produce malos profesionales: produce ciudadanos menos críticos, más dóciles y más acostumbrados a callar. 
Sé que decir estas cosas incomoda, pero callar es complicidad. Y aunque la precariedad intelectual resulte cómoda para toda la institucionalidad, de mi parte me rehúso al silencio.
 

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