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El “cuento” de nunca acabar

Miércoles, 28 de enero de 2026 a las 04:00

Las narrativas suelen sobrevivir a la desaparición de los líderes que las alentaron. Eso quedó demostrado durante los recientes conflictos en el país, que llevaron a la abrogación del ambicioso decreto 5503 aprobado por el presidente Rodrigo Paz para encaminar la estabilización, pero también el reemplazo del modelo económico que rigió durante los últimos veinte años.


De todo lo aprobado, quedó en pie la eliminación del subsidio a los combustibles y los bonos sociales, pero no pasaron el filtro de la resistencia social los temas relativos al régimen de inversiones con aprobación rápida, la estabilidad jurídica y tributaria, y la repatriación de capitales, además de otros que integralmente insinuaban un cambio de modelo económico.


No deja de ser hasta cierto punto insólito que la dirigencia sindical y las propias bases hubieran aceptado la eliminación de los subsidios a la gasolina y el diésel, una decisión que no pudo aplicarse por años a sabiendas de que se trataba de uno de los factores que determinaban la mayor parte del déficit fiscal y que más recientemente influyeron en otros síntomas de la crisis como la escasez de dólares y un explosivo incremento en el costo de las importaciones.


Lo que en el pasado hubiera provocado una rebelión, parecida a la que experimentó el gobierno de Evo Morales en 2011, en el desenlace del más reciente período de convulsión interna fue bendecido por la propia Central Obrera Boliviana (COB), sin ningún tipo de observación.


Es decir que, a la gente, a los movilizados, les interesó menos el incremento de precios que resulta del alza de los hidrocarburos, que la existencia de un régimen de inversiones e impositivo que facilite la atracción de capital privado extranjero hacia sectores estratégicos como el de la minería, los hidrocarburos y el litio.


Resulta aceptable un “gasolinazo”, pero no que se permita la “vía rápida”, para el desembarco de las transnacionales. Que se toque el bolsillo, pero “jamás” que se exponga ese algo más intangible, que se materializa de diferentes maneras, llamada soberanía sobre los recursos naturales.


¿Cómo explicar esto? Lo primero es que la narrativa suspicaz del socialismo del siglo XXI sobre la inversión extranjera continúa siendo un detonante que activa la movilización social, frente a cualquier otro tipo de argumento, más técnico y racional, que defienda la idea de traer plata de fuera lo antes posible, sin mucho trámite y con mejores condiciones para despertar la riqueza dormida del subsuelo.


Así como para el gobierno funcionó la explicación simple de que solo eliminando el subsidio se podía asegurar el abastecimiento de carburantes y que ésta se convirtió en un argumento que la mayoría convirtió en una especie de resignada justificación, no fue posible sustituir el mito anterior –las empresas de fuera son los malos de la película y nos saquean– por otro que demostrara de manera “emocionalmente” comprensible que solo el capital privado de fuera puede transformar en riqueza y empleo para todos los recursos naturales del país.


Queda en evidencia, además, que no bastó con la derrota del MAS en el pasado proceso electoral, para que desapareciera por completo la “mitología” del socialismo del siglo XXI y que es la sobrevivencia de esa “mitología” la que influye para que un gobierno con visión más abierta no pueda llegar y, sin más, meter debajo de la alfombra lo que considera la “basura” del populismo de izquierda.


La lección que queda es que no se trata de desmontar solo lo visible, la estructura operativa del MAS, los resabios dirigenciales que tejieron también un entramado de intereses y ambiciones, sino que lo más importante es algo que demanda una lectura más sensible y claramente estratégica: contrarrestar, con argumentos claros y asimilables, las creencias de las que se nutrió y asimiló una gran parte de la sociedad boliviana a lo largo fácilmente de más de medio siglo.


No se puede cambiar de modelo como de sombrero y menos cuando existen mitos compartidos largamente vigentes, que demandan una inteligencia más paciente y una aproximación de enfoque más cultural que de pragmatismo político.


Hay cuentos de nunca acabar, cuentos que se graban y se incorporan en la narrativa y la creencia pública, mientras no venga alguien y comparta una nueva “historia” que, poco a poco, sirva para explicar de otra manera la realidad. Esa todavía es una asignatura pendiente.
 

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