El escándalo por las 31 maletas ingresadas sin control al país ha hecho más que encender alarmas sobre corrupción o fallas aduaneras. Ha desnudado —con brutal claridad— los mecanismos silenciosos de una cultura que, más que castigar el delito, ha aprendido a disimularlo, protegerlo o simplemente mirar hacia otro lado.
Según las investigaciones, una exdiputada y excandidata a concejal retiró parte del equipaje sin ninguna revisión, usando su pasaporte diplomático, mientras las maletas —presuntamente cargadas de divisas— salían en partes hacia un galpón donde luego se hallaron drogas y armas. Todo esto, durante cuatro días de aparente inacción institucional.
La pregunta no es solo quién permitió esto, sino qué hace posible que tantos hayan callado.
La respuesta está más cerca de lo que creemos: en nuestra manera de educar. Desde pequeños se nos enseña que equivocarse es peligroso, que lo correcto es obedecer y que lo mejor es no meterse. Aprendemos que el error debe ser castigado, no comprendido; que cuestionar es ser rebelde; que guardar silencio puede salvarnos. Y así, el miedo se vuelve norma.
Cuando una sociedad educa desde el castigo y la vergüenza, no forma ciudadanos éticos, sino personas que aprenden a simular cumplimiento. Por eso, cuando una autoridad pasa sin control, nadie pregunta. Cuando se vulneran protocolos, se elige callar. Cuando se ve algo anómalo, se prefiere no saber.
No estamos hablando solo de un caso judicial. Estamos viendo el reflejo de una cultura punitiva, instalada tanto en las aulas como en los hogares. Un modelo donde se educa para no pensar, para no sentir, para no molestar. Y cuando eso ocurre por generaciones, terminamos teniendo instituciones donde el control importa más que el sentido, y personas que prefieren obedecer antes que actuar con conciencia.
Por eso este caso debe ser un punto de quiebre. No solo para revisar normativas aeroportuarias, sino para revisar nuestras prácticas educativas. Necesitamos escuelas donde el error sea comprendido y no condenado, universidades donde el conocimiento despierte conciencia, familias donde el amor no sea condicionado al buen comportamiento.
Porque educar así no solo mejora las instituciones. Libera a las personas. Y allí nace la verdadera transformación: cuando un ser humano no actúa por miedo ni por obligación, sino desde su propia claridad interior.
A esto lo llamamos soberanía interior:
Una relación consigo mismo tan profundamente vital que permite vivir desde el sentido y no desde el mandato.
Es la llama que te levantó cuando todo era oscuridad.
Es el rugido de dignidad que te hizo decir “no” cuando todos callaban.
Es la certeza de que puedes vivir como eres, sin pedir permiso para ser íntegro.
Una educación que cultiva soberanía interior no forma súbditos. Forma personas libres.
Y solo personas libres pueden construir una sociedad donde la verdad ya no sea peligrosa… sino inevitable.
(*) El autor es psicoterapeuta, consultor en Desarrollo Humano