El Foro Económico de la CAF que inicia este miércoles 28 de enero en Panamá no es un evento más en la abultada agenda regional. Para Bolivia, llega en un momento crítico y, a la vez, decisivo. Hablar de la CAF —el Banco de Desarrollo de América Latina— es también hablar de una historia en la que el país ha tenido un protagonismo que hoy conviene recordar, no por nostalgia, sino por responsabilidad estratégica.
La Corporación Andina de Fomento nació en 1970 impulsada por los gobiernos de Venezuela, Colombia, Ecuador, Perú y Bolivia. Pero difícilmente ese proyecto de integración financiera hubiera logrado consolidarse sin la visión y el empuje de un boliviano excepcional: Adolfo Linares Arraya, su fundador y primer presidente ejecutivo. Linares entendió, antes que muchos, que el desarrollo de la región no podía depender únicamente de voluntades políticas cambiantes ni de financiamiento externo condicionado, sino de una arquitectura financiera propia, sólida y técnicamente competente. Esa intuición fue la piedra angular de una institución que hoy es referencia continental.
Dos décadas después, otro boliviano notable volvió a marcar el rumbo de la CAF. Enrique García asumió la presidencia ejecutiva y permaneció en el cargo durante 25 años, un período en el que transformó un organismo andino en un banco de desarrollo con alcance regional y proyección global. Bajo su liderazgo, la CAF dejó de ser una entidad limitada geográficamente para convertirse en una institución que hoy opera en 23 países miembros, cubriendo América Latina, el Caribe, España y Portugal. No fue solo una expansión territorial; fue, sobre todo, una redefinición del rol del banco como articulador de inversión, estabilidad macroeconómica y desarrollo sostenible.
Bolivia ha sido, históricamente, uno de los principales beneficiarios del financiamiento de la CAF. Los créditos del organismo han llegado a prácticamente todos los sectores estratégicos: desde apoyo a la macroeconomía y fortalecimiento institucional, hasta grandes obras de infraestructura, proyectos educativos y programas de desarrollo productivo. En momentos de bonanza y también en épocas de crisis, la CAF ha sido un socio clave. Por eso, retomar y profundizar el vínculo con esta institución no es un gesto protocolar, sino una decisión estratégica de primer orden.
El foro de Panamá se desarrolla, además, en un contexto especialmente delicado para el país. Bolivia atraviesa una crisis económica y política que ha puesto en evidencia las limitaciones del modelo vigente y las tensiones internas del actual Gobierno. Al mismo tiempo, la administración del Estado ha comenzado a mostrar señales de un cambio de rumbo, todavía incipiente, pero necesario. En ese escenario, el respaldo internacional no es un lujo: es una condición para evitar que el país, que hoy camina peligrosamente al borde de la cornisa, termine cayendo al vacío.
La atención especial que tendrá Bolivia en este foro no es casual. La nutrida delegación boliviana contará con la oportunidad de exponer planes y proyectos ante un auditorio compuesto por posibles inversores, organismos multilaterales y socios estratégicos, tanto del sector público como del privado. No se trata solo de buscar recursos, sino de reconstruir confianza y mostrar que el país es capaz de ofrecer una hoja de ruta coherente, sostenible y abierta al mundo.
Que EL DEBER sea media partner de este evento responde precisamente a esa convicción. No es una apuesta coyuntural, sino una decisión editorial que refleja nuestro compromiso con la democracia, la economía responsable y el futuro del país. Informar, analizar y acompañar estos espacios de diálogo regional es parte del rol que asumimos como medio de influencia nacional. Porque Bolivia necesita más que consignas: necesita ideas, inversión, institucionalidad y una visión compartida que le permita dejar atrás la cornisa y volver a caminar sobre terreno firme.