Por Santiago Laserna
En Bolivia solemos discutir el desarrollo económico como si dependiera de la próxima bonanza, pero la investigación en economía creativa sugiere otra vía: aprovechar talento, ideas y propiedad intelectual para diversificar la producción, elevar la calidad institucional y volver a traer dólares al país. Los datos muestran un ecosistema más robusto de lo que admiten los clichés: cerca de una quinta parte de la población ocupada (21%) realiza trabajos donde la creatividad pesa, y un núcleo súper creativo (con moda, artesanía y deporte) concentra una fracción relevante del empleo. Esta base permite pasar del mito del “aditamento cultural” a entender la creatividad como un posible motor económico medible y escalable.
En lo macro, eso implica diversificar hacia servicios creativos y tecnológicos y reducir la exposición a ciclos de commodities y a precios spot, a la vez que habilita ingresos recurrentes por licencias y suscripciones, tan frecuentes en los servicios tecnológicos actuales. En lo micro, cambia los incentivos: en vez de competir por prebendas estatales, los actores invierten en intangibles (marcas, catálogos, software, diseños) y profesionalizan la gestión de derechos y contratos. Surgen trayectorias de aprendizaje, economías de escala digitales y efectos de red que elevan la productividad.
El cruce entre creatividad y tecnología (conocido como crea-tech) emerge como el puente más promisorio. Bolivia ha forjado un ecosistema de software y servicios remotos que puede internacionalizarse con baja intensidad de insumos físicos si se consolida una infraestructura digital competitiva. En este mapa, Cochabamba destaca por su densidad universitaria, sus empresas de ingeniería y desarrollo, y un tejido de salud y educación capaz de articular servicios como turismo educativo y en salud. Esa capilaridad urbana permite pilotear otros catálogos exportables (música, diseño, XR) y vender servicios a mercados regionales y norteamericanos con costos de entrada decrecientes.
Pero los avances conviven con fricciones: falta de una masa crítica de capital humano capacitado, informalidad persistente, trámites complejos tanto a nivel local como a nivel nacional, regímenes impositivos poco amistosos y brechas de conectividad. La evidencia sugiere una agenda precisa: educación que incorpore creatividad y tecnología como competencias transversales; internet rápido y asequible; ventanillas únicas para constitución, facturación y registro de PI; instrumentos financieros apalancados en intangibles; y programas de soft-landing que ayuden a las pymes creativas a entrar a nuevos mercados con pilotos y clientes ancla.
También es clave medir de manera diferente. Si solo miramos exportaciones de bienes primarios, la economía creativa luce marginal; si incorporamos empleo por sub-sector y eslabón, productividad, registros de propiedad intelectual, ingresos recurrentes y encadenamientos con turismo y educación, la foto cambia. Un sistema estadístico alineado con estándares internacionales permitiría comparar, corregir y focalizar recursos. Además, al ensancharse la base tributaria sobre miles de profesionales y pymes, aumenta la exigencia de rendición de cuentas y se diluye el poder de las asignaciones discrecionales típicas del rentismo.
El diagnóstico académico converge en una idea simple: la economía creativa no reemplaza a los recursos naturales, pero ofrece una senda realista para transformarlos en capacidades. Usar parte de los excedentes para talento, laboratorios, propiedad intelectual y comercialización internacional cambia la trayectoria de largo plazo. Cochabamba puede liderar si convierte ventajas latentes en ventajas reveladas con reglas claras, métricas públicas y perseverancia. No es un atajo ni una moda: es una política de desarrollo que ya se abre paso en los datos y en las calles, y que merece continuidad más allá de los ciclos políticos y de precios. El momento es propicio para acelerar.
* Santiago Laserna, experto en economía creativa