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El Colorao (presentación de la novela histórica de Manfredo Kempff Suárez)

Sabado, 24 de enero de 2026 a las 04:00

Hace días recibí una llamada con una propuesta que no pude rechazar. Confieso que no atiendo llamadas, no por alguna especie de absurdo sentido de superioridad, sino por una mezcla a partes iguales entre una incipiente sordera y su respectiva ansiedad. Pero esta llamada la atendí, porque "me tincaba".

Digo que era una propuesta que no podía rechazar, pues se trataba de una invitación para dar unas palabras sobre una novela protagonizada por José Manuel Mercado, el "Colorao", un personaje que es parte de mi panteón particular de héroes cruceños, junto a José Miguel de Velasco, Francisco Xavier de Aguilera, José Manuel Baca "Cañoto", Ana Barba, Germán Busch, Enrique Finot, los hermanos Vázquez Machicado, Dionisio Foianini, Modesto Saavedra, Carmelo Ortiz Taborga o Rosita Aponte Moreno, entre otros.

La otra razón por la que no podía dejar pasar esta oportunidad es que se trataba de un libro escrito por Don Manfredo Kempff Suárez, un admirado autor cruceño a cuyas obras me aproximé desde la adolescencia. Una de esas obras fue Luna de Locos, que llevada a la televisión marcó, no sé si a una generación, pero sí a mí y a mis compañeros del colegio Nacional Florida en donde analizábamos minuciosamente las energías, las frases que se hicieron célebres y los intensos personajes de esa obra inolvidable. Era una novela cruceña nacida en formato libro, pero llevada a la tele. Eso no pasaba muy seguido por acá. Incluso ahora.

De Kempff Suárez puedo decir lo que ya se sabe: es parte de una familia insignia en términos de generación de pensamiento, ciencia y literatura, miembro de la Academia Boliviana de la Lengua, diplomático consumado, además de escritor prolífico con ahora 11 títulos que constituyen un aporte sustancial y envidiable al cada vez más interesante repositorio de la literatura cruceña.

Sobre el "Colorao" Mercado se pueden decir muchas cosas. Por ejemplo, que empezó en las filas del Rey, como casi todos en su tiempo; que cambió de bando, que vino combatiendo con los patriotas desde las Provincias Unidas del Río de la Plata, pasando por los Andes hasta volver a su natal Santa Cruz, donde llegó en 1813 como comandante de la caballería patriota bajo el mando del coronel Ignacio Warnes.

Se puede decir que fue el único jefe camba del ejército cruceño tras la muerte de Warnes en la batalla de El Pari en 1816. Lo fue desde ese año hasta 1825, fecha en que los grancolombianos cruzaron el Desaguadero tras su victoria en Ayacucho e hicieron lo que quisieron con las distintas repúblicas o republiquitas o republiquetas que conformaban eso llamado Alto Perú, solo por efectos administrativos.

Las tomaron, entre ellas a Santa Cruz, las conminaron a elegir diputados para reunirse en Charcas y ahí se cumplió, no la voluntad de los pueblos que habían luchado por su propia independencia, sino la directiva del mariscal Sucre de crear aquí un nuevo país, uno por el que nadie había luchado, uno que no se le había ocurrido a nadie antes de ese 6 de agosto de 1825. Durante los 15 años de guerra de independencia nadie habló de “Bolivia”, mientras que Santa Cruz y lo cruceño, ya existían desde 1561, es decir, 264 años antes. Además, ¿cómo podía elegirse libremente diputados para deliberar, también libremente, en la Asamblea de Charcas, si el territorio estaba bajo ocupación militar extranjera a la cabeza del poderoso y leal Mariscal Sucre?

En 1825 y los siguientes 20 años hubo fuerzas internas que desde el altiplano buscaron fusionarse con el Perú -el atentado contra Sucre que deriva en su salida del país es una expresión de eso- ya que no existía “lo boliviano” como identidad y aún hoy… no sé si existe.

Mercado, el gran jefe de la caballería patriota del ejército cruceño y tras la muerte de Warnes el gran caudillo montonero de Santa Cruz; el que por su cuenta y bolsillo siguió la lucha durante nueve años más después de El Pari… ni siquiera fue invitado como oyente a esa Asamblea convocada por Sucre en donde nació la república de Bolívar, que meses después se llamaría Bolivia. Otros se adueñaron desde allá de este territorio por el que no habían quemado un solo cartucho. Mercado lo vio, lo notó y le dolió. De eso también trata esta novela.

Por eso esta obra es crucial, no solo por cuestiones literarias, sino como bella criatura divulgadora de una casi siempre luminosa identidad camba, usualmente bajo acecho y sospecha.

En la novela, el "Colorao" es presentado como lo que era: un camba universal, leal, capaz de ver más allá de los llanos y la selva, de lanzarse ahí donde lo lleve el galopar apasionado de su enorme corazón. Un hombre de guerra, de pensamiento pragmático y de ideas muy claras sobre lo que quería para sí y para su pueblo. Cito: “No había nada que lo honrara más, que ser parte del ejército cruceño, porque decía a voces que Santa Cruz sería una república independiente”.

En torno a ese personaje se desarrolla esta obra que es un recorrido memorable a través de nuestra historia. Abarca prácticamente desde 1810, en que se independiza Argentina y envía los ejércitos auxiliares al Alto Perú; hasta 1828, cuando Aguilera es fusilado y decapitado en Vallegrande, e incluso después, hasta la muerte del protagonista algunos años más tarde.

El autor aquí nos muestra al personaje, su sociedad y su tiempo de cuerpo entero. Nos muestra la vida doméstica, sentimental, familiar y militar del hombre y la sociedad en la que vive. Vemos tanto al joven guerrero como al famoso coronel, ya mayor, que esperará en vano el miserable medio sueldo que el mariscal Sucre le prometió un día. Mercado es también un coronel que no tiene quién le escriba.

Kempff Suárez nos muestra a un Colorao que sueña, arriesga, lucha, gana, ama, pierde, huye, vence y sufre. Un hombre que es humillado por las gentes menos pensadas y lo resiste sin perder un ápice de su propio honor, pero es también un soldado que reconoce la grandeza de su peor enemigo, como aquella vez en que Aguilera libera a su madre luego de capturarla en Saipurú, donde había incursionado para desbaratar lo que quedaba del ejército cruceño integrado ahora por una mayoría chiriguana o chiriguanae o Ava, como se referían a sí mismos; pueblo guerrero este que luchó por la independencia de la república de Santa Cruz, pero que fue exterminado por la república de Bolivia en la masacre de Kuruyuki.

La obra nos muestra también cómo entrena el ejército cruceño, cómo recluta y cómo piensa por ejemplo ese galán enigmático que es Warnes. Nos revela la imagen que Warnes y Mercado tienen de un Aguilera invicto y despiadado; describe la flora y la fauna de Santa Cruz, algunas costumbres de los chiriguanos y la división en la pequeña ciudad de frontera entre los patriotas y los realistas. El autor reconstruye la cultura cruceña de la época y pone en la voz de sus personajes una verdad vigente en todos tiempos:

Cito: “Los cruceños somos una sola familia, por lo que se ve muy mal que un extraño nos quiera mandar”.

Esta es pues la historia de un tiempo y la novela de una vida.

Es un recorrido histórico embellecido por los fuegos constructores de la literatura; una combinación entre la verdad real y la verdad ficticia, de las que hablaba Aristóteles en su libro: Poética. A estos se agregan las mentiras verdaderas muy propias de la literatura a las que se refería el gran Vargas Llosa.

Me explico: El libro se construye en base a la verdad del hecho histórico conocido (la verdad real); pero también en base a la verdad de lo posible, una verdad ficticia que llena los espacios, los huecos que quedan si se recorre cronológicamente el hecho histórico. Y a esto se agregan eventos o reflexiones que no ocurrieron y que no llenan vacíos en el cuerpo de lo que sí ocurrió, pero que señalan grandes revelaciones para el espíritu humano. Esas son las mentiras verdaderas.

La ficción lo hace todo el tiempo: Inventa cosas que no existen, para entender las que sí existen y que no pueden explicarse por sí mismas.

En cuanto a la ejecución de la obra, uno de sus grandes logros es su facilidad de lectura. Con lenguaje claro, el autor describe e interpreta la vida de sus personajes y de los escenarios, donde estos hombres y mujeres nacen, viven, aman, se desencantan y mueren. Y en ese lenguaje fluido, sencillo y elegante, se pueden identificar dos registros:

El primero es el narrador omnisciente, el que todo lo ve y lo sabe, cuya característica en este caso es la sensación de oralidad.

Me explico: Siempre que me encontré con este registro, el de la voz que narra la historia, me imaginé a un camba de los de antes contándome sucesos, sentados frente al fuego esperando que el agua hierva en la lata para hacer un merecido café. Este narrador escribe como se habla y con ese recurso construye imágenes y sensaciones que recrean un tiempo que ya no es este. Es el tiempo de la historia, es el tiempo de la novela.

Por este narrador percibo el coraje y la coquetería de Asunta, tan injustamente tratada; el encanto y el valor de Josefa; las intenciones oportunistas de Petrona; la fuerza clasista de madre abnegada de doña Rosa Montero; el ensimismamiento calculador de Warnes; el sentido de la realidad del Colorao y hasta las obsesiones metafísicas de Aguilera. De este último, el narrador nos dice que es un táctico y estratega muy capaz, implacable con los enemigos y piadoso con su fe. Cito: “Es un hombre que provoca fervor entre sus tropas y miedo en el adversario”.

Este narrador omnisciente que cuenta la historia como si llevara un charuto en los labios mientras se defiende de los mosquitos en los calores húmedos de este trópico alucinante, se mantiene en gran parte de la novela, lo que genera una sensación de atmósfera única bien construida. Es quien sostiene la estructura principal.

El segundo registro narrativo es el epistolar, que se desarrolla a través de los escritos del propio Mercado. En primera persona, estos escritos son cartas, diarios, memorias o de partes de batalla.

Son personales, íntimos. Son la voz de un personaje que salva la vida en todas las batallas, pero que pierde en los combates del corazón. En este registro íntimo Mercado relata la atmósfera previa a la brutal batalla de El Pari, la lucha como tropa regular en Florida, Santa Bárbara, y El Pari; y el cambio a la táctica guerrillera una vez pone su cuartel en Saipurú.

Pero también habla de sus afectos, de sus amigos, de lo que siente un hombre de su tiempo y rango en los asuntos del espíritu. Es un registro intimista, focalizado, acotado, que contrasta con el discurso abierto del narrador omnisciente.

Para finalizar, después de leer esta novela puedo decir que para mí la figura de Mercado ha cambiado. Ya no es solo esa estatua ecuestre a lo diagonal de la Gobernación Cruceña, una que casi nadie sabe que lo representa a él. Lo siento más próximo, más humano, más hombre, que estuvo aquí, que habitó esta misma tierra, que respiró este aire, que fue héroe en grandes batallas de línea y en las luchas guerrilleras por las cuales casi nadie lo recuerda. Alguien que apostó por una patria y que, aunque hizo casi todo bien, no vio su sueño realizado. Un sueño suyo que aún vive. Un hombre así merece al menos salvarse del olvido. Este libro contribuye a preservar esa memoria, ese sueño y ese hombre. Esta novela le devuelve la voz a El Colorao y a través de ella, él cuenta su historia.

Muchas gracias al autor por escribirlo y a ustedes por estar aquí.

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