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Cara a Cara

Domingo, 06 de julio de 2025 a las 23:57

Un paro cardíaco. ¡Nada más! La vida de José Eduardo Vaca Daza, joven cruceño de 25 años, se esfumó en un abrir y cerrar de ojos. Ocurrió el 4 de julio. Al salir de su casa, sentía una molestia en la pierna izquierda. Su padre le pidió que descansara, pero José insistió en ir a entrenar. Buscaba ganarse un lugar en el Club Nueva Santa Cruz. Se desplomó en pleno calentamiento y no volvió a despertar.

El club, muy formal, aclaró que el jugador estaba a prueba. Por tanto, expresaron sus condolencias... y nada más.

El caso Beltrán. Guillermo Dennis Beltrán era un futbolista colombiano que militaba en Real Santa Cruz. El 22 de marzo de 2024, se desmayó durante una práctica. Sus compañeros —impagos por meses— corrieron a asistirlo. Lo subieron como pudieron a una vagoneta, porque no había ambulancia. Tampoco un desfibrilador. Aquel equipo de emergencia que, supuestamente, la Federación Boliviana de Fútbol distribuyó entre los clubes “profesionales”.

En las redes sociales, los videos mostraron a una pasante de marketing realizando maniobras de reanimación. No había un médico cerca. Todo terminó, otra vez, en un comunicado formal de pésame... y una indemnización.

“La pelota no se mancha”, dijo Maradona, frase con la que enfrentó el monstruo que crece detrás del negocio: un fútbol que genera miles de millones alrededor de un balón. Tenía razón El Diez. Hoy hay una danza de millones en torno a cuerpos tratados como máquinas de hacer dinero.

En Bolivia, a toda costa se quiere hacer creer que todo va bien porque hay más dinero para los clubes. Pero no, no todo es dólares. ¿O sí?
 

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