"Seamos peregrinos que contagian la esperanza caminando alegres con la vista hacia arriba", la frase de San Agustín sintetiza la filosofía de vida de Monseñor Nicolás Castellanos. Desde su llegada al Plan Tres Mil y en los miles de caminatas por sus barrios, el ‘padrecito’ se convirtió en la buena noticia para cientos y miles de personas. Con su voz curtida por miles de prédicas y la decisión firme de quien entiende la vida como servicio, Nicolás repetía una y otra vez la importancia de convertirnos en Hombres Nuevos capaces de transformar nuestro entorno.
Nicolás fue crítico con los políticos. Siempre les observó la falta de coherencia para convertir sus promesas en realidades. De eso se trata la esperanza. No tanto de generar grandes expectativas electorales con ofrecimientos idílicos difíciles de concretar, sino más bien de consolidar realidades sencillas que repercuten de manera inmediata y directa en la calidad de vida de las personas. Algo así proponía Albert Camus al decir: “Donde no hay esperanza, nos incumbe a nosotros inventarla”.
La crisis y la inseguridad ahogan la esperanza. La sangrienta jornada del miércoles, marcada por la muerte violenta de seis personas o la tragedia que se masca en las carreteras por los recurrentes accidentes de tránsito, contribuyen al pesimismo que se cierne sobre la sociedad. Del mismo modo que la preocupación que embarga a miles de familias cuando sienten en su debilitada economía familiar el alza de precios en productos esenciales. Bolivia necesita con urgencia un resurgir de la esperanza y ésta llegará de manera necesaria de la mano de Hombres Nuevos con ganas de transformar la realidad.