Hoy, 23 de marzo, Bolivia vuelve a mirarse en su historia. La fecha recuerda la inmolación de Eduardo Abaroa en el puente del Topáter y reafirma una causa que atraviesa generaciones: la reivindicación marítima. No es solo memoria; es identidad. Bolivia nació a la vida republicana con acceso al mar y perdió esa cualidad tras la Guerra del Pacífico. Por eso, el valor simbólico del Día del Mar interpela el presente.
Este año, el presidente Rodrigo Paz Pereira imprime su propio sello. Encabeza el acto central en Puerto Busch, la puerta boliviana hacia el Atlántico. El gesto no es menor. Puede leerse como señal geopolítica, como apuesta por diversificar salidas comerciales o incluso como respuesta al endurecimiento de la frontera dispuesto por el presidente chileno José Antonio Kast. En cualquier caso, plantea una narrativa distinta.
Lo que no debe volver es el chauvinismo estéril. Durante el gobierno de Evo Morales, el 23 de marzo se convirtió en tribuna para discursos altisonantes que terminaron diluyéndose en gestos sin sustento. Se pasó de calificar a Chile como “mal vecino” a impulsar una demanda ante la Corte Internacional de Justicia, para luego convertir la causa en escenografía política, con funcionarios públicos que desfilaron disfrazados de jueces de La Haya. El resultado fue una derrota internacional que aún pesa.
La causa marítima merece más que consignas. Exige estrategia, coherencia y seriedad. También demanda menos discurso y más resultados concretos en el plano diplomático y económico. Porque el problema no es recordar el mar, sino saber cómo volver a él sin repetir los errores del pasado ni caer en relatos que entusiasman, pero no resuelven nada, absolutamente nada.
(*) El autor es editor