Órgano Electoral volvió a tropezar con la misma piedra, pero esta vez parece decidido a convencernos de que no dolió. Pese a las graves irregularidades detectadas en Santa Cruz, el presidente del TSE insistió —con una terquedad difícil de justificar— en defender los cómputos rápidos. Como si la velocidad fuera sinónimo de calidad. No lo es. Una elección es creíble cuando no se anula una sola mesa, cuando los observadores avalan el proceso y cuando no hay confusiones “extrañas” con papeletas. Lo demás es relato.
Más desconcertante aún fue el intercambio de comunicados entre el TSE y el TED cruceño. En medio de una crisis de confianza, deslindar responsabilidades y apuntarse mutuamente no solo agrava el problema: exhibe una preocupante falta de idoneidad. Las instituciones no están para justificarse entre sí, sino para responderle al país.
Los casos de Portachuelo y San Ignacio de Velasco terminan de dibujar un panorama inquietante. Aferrarse a interpretaciones rígidas de la norma —a la letra muerta de la ley— no resuelve el fondo del problema. Una autoridad que emerge de las urnas debe ser, ante todo, legítima. Sin esa condición esencial, podrá haber ganadores en el papel, pero la democracia será la gran derrotada.
Es momento de que los vocales, nacionales y departamentales, dejen de cruzarse comunicados y asuman su responsabilidad. La confianza no se construye con notas oficiales, sino con decisiones firmes, transparentes y oportunas. Porque cuando el árbitro pierde credibilidad, el partido entero queda en entredicho.
(*) El autor es editor