¿Ya acabó la turbulencia? La pregunta no es antojadiza. El presidente Rodrigo Paz Pereira anunció que su Gobierno enviará un paquete de leyes para reformar el Estado después de las elecciones autonómicas. El problema es el calendario; la gestión se acerca a su medio año y el ciclo de anuncios, denuncias y comisiones de la verdad parece agotado. Gobernar no es prometer lo que vendrá, sino ejecutar lo que urge.
En esa misma línea, la pregunta ya no es cuándo, sino por qué no está listo el presupuesto reformulado. Primero fue febrero, luego se lo pateó hasta después de los comicios. ¿Qué cambió en el país para justificar la espera? Nada. Se puede operar con el presupuesto heredado de Luis Arce, sí, pero hacerlo es administrar la inercia. Y un gobierno que posterga su hoja de ruta financiera termina gobernando sin brújula.
Y está el tema de fondo: el consenso. La política —lo saben bien quienes trabajan en la Plaza Murillo— es negociación permanente. Pero hoy nadie parece construir puentes en la Asamblea Legislativa. ¿Quién articula acuerdos? ¿Quién suma votos? Las leyes no se aprueban con discursos ni con TikTok, sino con mayorías..
Sin consensos no hay leyes, y sin leyes no hay reformas. Lo demás —anuncios, discursos y promesas— es apenas escenografía. Y un país no se gobierna desde el escenario, sino desde la realidad. La Asamblea Legislativa, por lo tanto, no puede seguir funcionando como un espacio de bloqueo o de cálculo político. Si el Ejecutivo quiere avanzar con su agenda, deberá hacer lo que siempre exige la democracia: sentarse a negociar, ceder en algunos puntos y construir acuerdos duraderos.
(*) El autor es editor