Los debates preelectorales dejaron una escena digna de catálogo. Hubo candidatos para todos los gustos: el que recitó como si estuviera en hora cívica, el católico fundamentalista que propone pena de muerte y que, aparentemente, tuvo una pelea muy seria con su plancha de ropa, y el de la polera negra que encara al dueño de unas vagonetas blindadas.
En lo operativo hay lecciones claras. El formato merece una revisión seria. Dos minutos alcanzan apenas para una idea elemental y mucho menos para construir argumentos o responder con réplicas y dúplicas. El resultado fue previsible: candidatos mirando el reloj, frases atropelladas y debates que por momentos parecían carreras contra el cronómetro más que verdaderos intercambios de propuestas.
También llamó la atención la forma en que quedaron configurados los grupos de participantes. No faltó quien comparó el sorteo con los célebres acomodos de la FIFA. Bromas aparte, lo razonable es confiar en la buena fe de los organizadores, porque la credibilidad del proceso depende precisamente de esa percepción de equilibrio.
Aun con esas limitaciones, los debates representan un paso saludable hacia el voto informado. Por eso corresponde reconocer a los candidatos que sí se presentaron a discutir ideas frente al público. En contraste, la sonora rechifla se la ganan quienes prefirieron esquivar el escenario: Luis Revilla en La Paz, que optó por un ‘live’ con sus seguidores, y el aspirante a la reelección municipal en Cochabamba que decidió no asistir el domingo para evitar “malos ratos”. En política, como en la vida, el que nada tiene que ocultar tampoco debería temer a un debate.
(*) El autor es editor