El accidente aéreo en El Alto deja dolor, incertidumbre y preguntas técnicas que deberán responderse con rigor. Pero también deja algo más incómodo: un espejo social. En medio del caos, mientras había heridos que necesitaban auxilio, aparecieron personas que optaron por robar dinero. Es una conducta despreciable. Ocurrió en El Alto, pero también ocurre en cualquier parte del mundo cuando la miseria moral se impone sobre la compasión.
Sería igual de injusto convertir ese hecho en una condena colectiva. No fueron “los alteños”. Tampoco serían “los cruceños”, “los porteños” o “los guaraníes” si el siniestro hubiera ocurrido en otro lugar. Las miserias son individuales, no territoriales. Generalizar solo añade más fracturas a una sociedad que ya vive demasiado polarizada.
Hay, además, otra escena que interpela: quienes no roban, pero sacan el celular, se toman una selfie y transmiten en vivo. La viralidad parece competir con la solidaridad. La tragedia convertida en contenido.
A eso se sumó la desinformación. Teorías de conspiración, supuestos traslados de dinero, relatos de lavado. Todo amplificado en redes. El dolor ajeno como combustible digital.
Y dentro de lo más cuestionable, la actitud del vicepresidente Edmand Lara, quien utilizó imágenes modificadas con inteligencia artificial para alimentar sospechas en plena tragedia. No es solo imprudencia política: es irresponsabilidad ética. ¿Es el tipo de vicepresidente que se necesita en estas circunstancias?