Hay fechas que marcan a la humanidad como la llegada del hombre a la Luna, la caída del Muro de Berlín… y, por supuesto, ese ‘glorioso’ 25 de febrero pasado cuando logré renovar mi cédula de identidad y mi licencia de conducir en el Servicio General de Identificación Personal (Segip). Un pequeño paso para el ciudadano común, un salto cuántico en el universo del trámite público.
La jornada comenzó con ese deporte extremo llamado “hacer fila”, disciplina olímpica no reconocida pero ampliamente practicada en nuestro medio. Armado de paciencia, fotocopias y una fe inquebrantable en el sistema, me adentré en el laberinto administrativo del Segip donde cada ventanilla parecía una prueba iniciática. Que si falta una copia, que si la firma debe ir dentro del recuadro imaginario, que si el sistema “se cayó” o “está un poquito lento” (concepto elástico que puede significar desde cinco minutos hasta la próxima era geológica).
Hubo momentos de tensión dramática a la espera del número en la pantalla, la mirada inquisidora del funcionario, el suspense al posar para la foto oficial -esa que te acompañará varios años recordándote que la iluminación institucional no perdona-. Pero resistí. Persistí. Y vencí.
Salí con mis documentos renovados en mano y una sensación épica difícil de describir. No me dieron una medalla, ni banda, ni hubo discurso oficial, pero en mi calendario personal el 25 de febrero queda inscrito como el día en que, contra todo pronóstico burocrático, triunfé. Porque si algo demuestra esta hazaña es que la ciudadanía activa no solo vota. También sobrevive al trámite. No es poca cosa.