La conducta disruptiva de algunos personajes políticos suele estimular la imaginación colectiva. A veces para bien; otras, para el desconcierto. Todo comenzó, simbólicamente, con aquella célebre chompita que vistió Evo Morales cuando, ya presidente electo, fue recibido en audiencia oficial por la Reina de España. Alguien inauguró una estética que pretendió desafiar los códigos del poder formal. El resultado fue más anecdótico que revolucionario.
La vestimenta, conviene recordarlo, no es un detalle menor. Comunica, ubica y ordena. Nadie imaginaría a un futbolista disputando un partido profesional vestido de smoking. No por falta de elegancia, sino porque el fútbol -como tantas actividades humanas- tiene reglas claras: camiseta, pantalón corto y botines. Cada indumentaria cumple una función y responde a un contexto específico.
Lo mismo ocurre con militares y policías. Existen uniformes de diario, de gala y de operaciones especiales. Nadie dispersa bloqueos con traje de ceremonia. Para eso están las botas adecuadas, los cascos, los escudos y, cuando hace falta, los chalecos antibalas. Los códigos no son caprichos, son sentido común institucionalizado.
Por eso cuesta entender la lógica del señor Edmand Lara al asistir a una reunión del Parlamento Andino, en Panamá, vistiendo la polera de la Selección boliviana pantalón corto y sandalias. ¿Así se representa al Estado? El patriotismo no se mide en estampados ni en colores deportivos.
Tal vez sea momento de recordar que cada uniforme tiene su lugar y cada escenario exige una forma. Urge, entonces, una llamada al sastre vicepresidencial: arregle los trajes y deje de lado la improvisación.