Cierra el año de la esperanza y asoma el año del desafío. El Gobierno enfrentará un camino empinado: tomar decisiones correctas implicará costos políticos, reacciones y protestas. Paz y su gabinete deberán combinar templanza y firmeza para sostener el rumbo. Y, como si no bastara, también les tocará aprender a convivir con un vicepresidente de estilo tan particular como impredecible, más propenso al ruido que a la armonía.
Para EL DEBER, en cambio, ha sido un año trascendental. El de la reinvención del medio más grande del país, que hoy lidera el periodismo 360 sin renunciar a su esencia. La edición impresa sigue siendo símbolo de tradición y credibilidad, mientras el periodismo digital, las redes sociales, la radio y el streaming consolidan una apuesta multiplataforma que amplía audiencias sin diluir rigor.
La apuesta por el periodismo no cambia ni cambiará. La búsqueda de la verdad y la excelencia sigue siendo la meta diaria. Y, como siempre, eso implica incomodar al poder. Porque cuando el periodismo deja de molestar, deja de ser periodismo.
Y, como si el país necesitara un respiro emocional, la Selección boliviana vuelve a ofrecer una ilusión largamente postergada: pelear por un lugar en el Mundial 2026. No es certeza ni euforia desmedida, pero sí esperanza. En un contexto de desgaste político y económico, el fútbol vuelve a recordarnos que creer también es una forma de resistencia colectiva con alma de historia. ¡Que vengan Surinam, primero, e Irak, si el destino lo permite!