Cecilia Lanza Lobo | Cronista y editora
“¡Evo, cuidado, el pueblo está emputado, Evo, cuidado, el pueblo…!”, gritaban los changos revoleando sus camisetas blancas, como atizando el fuego incipiente de sus temerarias intenciones porque ni ellos mismos creían lo que decían.
Sucedió aquellos días grises de enero de 2007 en Cochabamba cuando campesinos cocaleros, regantes y jóvenes citadinos se agarraron a palazos. Era muy temprano para creer que Evo caería si acababa de llegar. Es más, era imposible. A pesar de “medias lunas” –o por lo mismo-, el pueblo estaba enamorado de Evo y ante los amores imposibles poco o nada se puede hacer.
No había otra. Teníamos que aceptar la derrota histórica y dejarnos seducir por Él. La derrota histórica de no haber podido asumir que somos hijos de la chingada. Medio blancos, medio indios. La derrota de no haber podido trascender el trauma y hacer de ese parto infeliz un triunfo, un desafío. Por eso nos jugamos por Él. Si nadie pudo antes resolver el entuerto nacional, quizás había llegado la hora. Porque ni octubre de 2003, ni todo el calendario previo a Él fue un espejismo sino la prueba contundente del fracaso, incluida la revolución del 52. Pero Evo Morales nunca estuvo a la altura del desafío. Eran nuestros ojos enamorados los que necesitaban creer que sí.
Ay, estos amores…, quién inventaría.
Una década de decepciones más tarde, ya había sucedido el 21F y aquella advertencia temprana volvía a oírse en boca de otros changos, esta vez alteños, nada menos, en la plaza San Francisco de La Paz, nada menos. Fue como recibir una estocada: “¡Evo, cuidado, el pueblo está emputado…!”, gritaron embroncados. La derrota era inminente y la posibilidad de ver a Evo caer, por primera vez en 10 años, se sentía cierta. El pueblo se había desenamorado.
El resto fue atestiguar la caída en picada -y en ese derrumbe, nosotros incluidos. A la vuelta de la esquina, 2019, sucedió otro octubre y ese matrimonio acabó de la peor manera. Hoy el hedor de aquel gobierno absolutamente inmoral, ya nadie lo soporta, ni siquiera los suyos. El pueblo ha encontrado un nuevo amor.
Un amor en el mismo espejo. Una imagen posible de sí mismo. Porque si algo hizo Evo y el “proceso de cambio” en estas dos décadas fue extender y consolidar el acceso de las clases populares a estamentos sociales antes vetados. Y si no la inclusión plena, la posibilidad, la ilusión, el espejo. Y aún así, a codazos. El Magisterio, la Policía y ahora también las Fuerzas Armadas son ese fundamental escalón de ascenso social al que las clases populares han logrado acceder, sin embargo, bajo los códigos de esa particular moral del “proceso de cambio” que abrió las puertas a ese ascenso -más que a una verdadera inclusión- pero a un alto costo: la corrupción, el “todo vale” (campea el contrabando, la explotación ilegal de recursos naturales, el narcotráfico, la coima). Así, el ingreso al paraíso social es todavía alto, machete en mano y a “coimazo” puro.
Cómo no enamorarse entonces de aquel superhéroe cuyo relato seduce más que ninguno. Un (ex)uniformado que asegura protegerá la marcha del pueblo a la tierra prometida, sin coima. Aquel que, siendo víctima del sistema, lo enfrentó. Policía, hijo del pueblo, Edman Lara es el reflejo en el espejo. El nuevo amor del pueblo boliviano.
Pero ojo, porque una cosa es el enamoramiento y otra, el compromiso. Así, el 10 de octubre de 1982, cuando el pueblo recibió a don Hernán Siles Suazo en la Plaza San Francisco tras años de dictaduras militares, no estaba enamorado sino urgido de democracia, comprometido con ella. Por eso fue posible, a pesar de todas las tormentas, continuar por el camino democrático sin ninguna duda, y no como sucedió en estas dos recientes décadas de democracia traicionera devenida en autocracia. 43 años han transcurrido desde ese épico 10 de octubre de 1982, tiempo suficiente para saber que no es aconsejable enamorarse del caudillo sino del país y comprometernos con él hasta que la muerte nos separe.