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La recesión que se veía venir

Viernes, 24 de octubre de 2025 a las 04:00

Por Redacción

      

Orlando Saucedo-Vaca |Master en Economía, UCB.


El 2025 nos encuentra con una noticia dura: la economía boliviana se contrajo un 2,4% en el primer semestre, según el INE. No se trata de una simple caída puntual, sino de la confirmación de algo que venía gestándose desde hace tiempo. Es la primera recesión en casi cuarenta años —dejando de lado la pandemia—, y refleja el desgaste de un modelo que perdió impulso mucho antes de reconocerlo.
Desde 2014, cuando terminó la bonanza del gas, el país empezó a caminar cuesta abajo. Los años de crecimiento fácil dieron paso a una desaceleración persistente. Cada año se crecía menos, los ingresos fiscales se reducían y la economía se sostenía más por inercia que por fortaleza real. Tarde o temprano, esa curva descendente tenía que tocar fondo, y eso es exactamente lo que estamos viendo hoy.
Lo que está detrás de esta crisis no es un accidente, sino la suma de errores repetidos. Se gastó más de lo que se tenía, se mantuvo un déficit fiscal estructural, se vaciaron las reservas internacionales, y mientras tanto se eligió mirar hacia otro lado. Se prefirió mantener la sensación de estabilidad antes que corregir los desequilibrios. El endeudamiento fue el parche que permitió seguir funcionando, pero el precio ahora es evidente: una economía sin oxígeno y con poco margen de maniobra.
El propio informe del INE lo deja claro: los sectores más golpeados son los que mueven realmente la economía. La actividad extractiva se desplomó -12,98% por la caída del gas y la minería; el comercio retrocedió -5,18%; y el transporte también sintió los bloqueos y la parálisis productiva. Solo el agro resiste con cierto dinamismo, pero su peso no alcanza para revertir la tendencia general.
Esto no es producto únicamente de los conflictos o del contexto internacional. Es, sobre todo, el resultado de haber apostado durante demasiados años por un Estado empresario que no logró los retornos prometidos. Las empresas públicas, en su mayoría, no generaron valor ni empleo sostenido, y el sector privado nunca tuvo las condiciones adecuadas para crecer: tipo de cambio rígido, normas impredecibles, burocracia pesada y un clima de desconfianza que espanta la inversión.
Hoy el desafío es doble. Por un lado, estabilizar la macroeconomía: reducir el gasto, ordenar las cuentas fiscales y resolver la crisis del dólar. Por otro, reconstruir la confianza, porque nadie arriesga su capital en un entorno incierto. Sin inversión, no hay reactivación posible.
El país necesita un cambio de lógica: dejar de sostenerse en el gasto y empezar a vivir del trabajo productivo. Volver a creer en la iniciativa privada, en la innovación y en el esfuerzo. No será rápido ni sencillo, pero es el único camino realista.
Bolivia no está condenada a la recesión; está obligada a aprender de ella. Quizás esta crisis sea el golpe que hacía falta para abandonar la comodidad de la bonanza y construir, de una vez, una economía que se mantenga en pie por sí misma.
 

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