El nuevo episodio político en Bolivia revela una verdad incómoda: tras dos décadas de encierro institucional y productivo, el país enfrenta el reto de volver a integrarse al mundo. Rodrigo Paz lo resume con una frase certera: “estos 20 años nos aislaron del mundo”. Pero ese aislamiento no es solo diplomático; también es económico. La Cepal prevé que Bolivia apenas crecerá un 1 % en 2025, mientras América Latina alcanzará un promedio del 2,4 %. El diagnóstico es claro: la economía nacional ha perdido dinamismo y confianza, dentro y fuera del país.
Ese rezago se siente en el día a día. Los precios de los alimentos suben, y la carne -símbolo de bienestar en muchas familias- se ha vuelto un lujo. La inflación en productos básicos muestra que el problema ya no es abstracto, sino doméstico. Cuando los salarios se estancan y el consumo cae, las promesas de reactivación suenan vacías. El crecimiento no se mide en discursos, sino en la capacidad real de las familias para llenar su mesa y sostener su esperanza.
El desafío es doble y urgente: recuperar la credibilidad externa y resolver los nudos internos que frenan el desarrollo. No bastará con abrir mercados o firmar acuerdos; hay que abrir oportunidades. Si el aislamiento fue una decisión política, la modernización debe ser un compromiso nacional. Bolivia no puede perder más tiempo discutiendo el pasado: tiene que construir su lugar en el mundo, y hacerlo ahora. Y, por cierto, el avance puede ser muy positivo si los políticos demuestran que saben poner la patria por encima de los intereses partidarios.