El fútbol boliviano acaba de conmemorar 100 años de historia institucionalizada bajo la sombra de una realidad que pocas veces ha sido motivo de orgullo. Más que una celebración, este centenario invita a una necesaria y profunda reflexión. Porque el balompié nacional, lejos de consolidarse como proyecto serio, competitivo y sostenible, se halla sumido en una espiral de improvisación, conflictos internos y resultados distantes de lo que exige el contexto futbolístico regional y global.
La Federación Boliviana de Fútbol (FBF) ha navegado durante décadas entre pugnas dirigenciales, escándalos de corrupción y una alarmante falta de planificación. Sus dirigentes, más preocupados por cuotas de poder que por el desarrollo de estructuras de formación o por elevar el nivel de competencia local, han hipotecado el presente y el futuro del fútbol nacional. Los constantes cambios de conductores técnicos en la Selección, los torneos locales sin identidad ni planificación a largo plazo, y la falta de inversión y proyectos serios y consistentes en beneficio de las divisiones menores son síntomas de un mal crónico.
La Verde, símbolo máximo del fútbol nacional, ha sido testigo de una decadencia prolongada. Desde aquel inolvidable Mundial de 1994 -logrado con esfuerzo, cohesión y un proyecto serio liderado por Xabier Azkargorta- no ha vuelto a clasificarse a una Copa del Mundo. Lo más alarmante no es la ausencia en citas mundialistas, sino la falta de competencia real en las Eliminatorias: Bolivia se ha convertido en rival muy accesible, incluso en La Paz, otrora fortaleza inexpugnable.
Los clubes, por su parte, sobreviven entre la precariedad económica, la mala gestión y la dependencia excesiva de recursos externos o dirigentes mecenas. Salvo excepciones esporádicas como las campañas de Bolívar o The Strongest en torneos internacionales, el resto de los equipos nacionales naufraga en fases iniciales, sin argumentos futbolísticos ni respaldo institucional que permita pensar en logros duraderos.
Pero la crisis del fútbol boliviano no es solo organizativa o deportiva. Es estructural. A diferencia de sus vecinos, Bolivia no cuenta con un sistema de formación serio ni proyectos a mediano o largo plazo. Los niños y jóvenes que sueñan con ser futbolistas enfrentan la falta de infraestructura, de técnicos formadores capacitados y de competencias adecuadas para desarrollarse. Las escuelas de fútbol, muchas veces más comerciales que formativas, suplen parcialmente una responsabilidad que debería estar articulada entre clubes, el Estado y la Federación.
En este contexto sombrío, hablar de metas parece un acto de fe. Se habla de volver a clasificar a un Mundial, de tener un club protagonista en la Libertadores, de organizar una competencia internacional, de exportar talentos con regularidad. Pero esas metas, sin reformas profundas, sin voluntad política ni compromiso real, se desdibujan como quimeras inalcanzables.
A pesar de todo, el fútbol sigue siendo el deporte más amado por los bolivianos. Las graderías vibran, los niños sueñan, las radios transmiten con pasión y los barrios se paralizan cuando la Selección juega, aunque pierda. Ese amor, terco y resiliente, es el mayor capital simbólico que el fútbol boliviano posee. Pero no es suficiente. Se necesita implementar un proceso transformador, una revolución, no de discursos, sino de hechos.
Llegar a los 100 años no debería ser solo motivo de conmemoración, sino de autocrítica. El fútbol boliviano necesita reconstruirse desde sus cimientos, con humildad, planificación y una visión de futuro. Porque si este centenario se convierte en solo un festejo más, los próximos cien años correrán el riesgo de ser tan estériles como gran parte del siglo que hoy se evoca.