O te amargas o haces chiste de la vida.
perdonas u odias,
Que la vida sin perdón es como un veneno.
Que la brisa del perdón puede llegar y dar paz
Que nadie te quite la alegría, porque naciste para vivir bien,
no para vivir recordando el pasado funesto.
Atrévete a dar el paso del perdón.
Hace varios años cuando iniciaba mi camino en el sacerdocio, me llamaron para ir a ministrar la unción de los enfermos sobre alguien que estaba agonizando. Fui a ver el enfermo y cuando entre a la habitación y nos disponíamos a iniciar la oración, llegó un hermano del enfermo. Todos se miraban sorprendidos. Los hermanos, después de cierta seriedad, se tomaron de la mano y lloraban juntos. Le decía: “Hermanito perdóname”. El hermano enfermo asentía con la cabeza y lloraba. Llevaban más de veinte años sin hablarse. Terminé de administrar la unción de los enfermos y a los pocos minutos el hermano enfermo falleció.
Pasaron muchos años sin hablarse, tardaron demasiado en reconciliarse. Tal vez solo unos diez minutos de reconciliación. Ellos nunca habían querido alejarse. Pero el orgullo y las justificaciones eran más grandes. Escribir sobre el perdón, es pensar en la posibilidad de darle más fuerza al deseo de compartir, a la experiencia del amor y de la amistad. Desafortunadamente son más las voces de desunión, de orgullo y de violencia las que suenan y parece que logran quedarse en nuestras mentes.
La vida de todo ser humano está hecha para compartir. Para amar y ser amado. Por eso si alguien por algún motivo se cierra a una vivencia sana y tranquila, en las relaciones humanas, quiere decir, que está lastimado y eso le ha llevado a cerrarse. Pero esa no es la mejor decisión. Cerrarse a la vida, al perdón y al compartir, es morir más rápido, porque la vida se llena de tristeza y de rabia. El ser humano es más creativo, más apasionado si sabe sonreír.
Hoy, mi querido hermano lector, te invito a pensar que si uno se decide a perdonar. Se decide a vivir, a comprender al otro y a comprenderse. Es un paso para despertar a lo deseos más anhelados de la humanidad.
En la nación colombiana se ha vivido por años el flagelo de la violencia, sin embargo en algún momento se firmó la paz. Y era el momento del perdón, y aparecieron historia de jóvenes y niños que fueron llevados contra su voluntad a las filas de los grupos armados, y que cuando crecieron delinquieron y cometieron actos de violencia. Evidentemente estos niños antes de ser delincuentes fueron víctimas. Un niño merecía jugar, reír, vivir su infancia, sus sueños de juventud. Pero la violencia los arrebató para generar más violencia. Surgió la oportunidad que por fin la vida y la nación les daba de reincorporarse, estudiar lo que alguna vez soñaron, volver a vivir lejos del monte, regresar a la sociedad civil sin esconderse y ser personas que a pesar de su historia dolorosa, podían construir una nueva sociedad.
El problema es quiénes fueron víctimas de algunos de ellos. Hoy todavía los cercan quienes fueron sus víctimas, y les agreden con violencia. Es cierto que muchos no aprovecharon el perdón, pero sí hay quienes lo asumieron. Anhelaban la amnistía y por fin tuvieron la oportunidad. Como colombiano he visto un país de gente alegre, que de los más sencillo hacen una fiesta, que trabajan muy duro, y que tienen pasión por vivir. Es decir, en medio de la terrible y detestable violencia hay un país que sueña. Y traigo a colación esta experiencia, porque todos los seres humanos necesitamos la oportunidad del perdón.
Necesitamos tener una mirada comprensiva, mirar a quienes nos hicieron daño, entendiendo que sufrieron, que están heridos y que actuaron desde el dolor. Que el daño realizado es producto de su desesperación y de su enojo. Creo que merecen una mirada de respeto y de misericordia. Sí, parece extraño decir que nuestros agresores merecen ser vistos con respeto. Porque tal vez, porque no fueron tratados con tal dignidad, llegaron a generar el malestar que nos hicieron.
Misericordia, perdón y mucha alegría para el camino.