Este domingo terminará esta larga, demasiado larga campaña electoral, con la elección del binomio que gobernará el país los próximos cinco años.
Además de larga, esta campaña nos ha mostrado que la reconstrucción del sistema y la recuperación de valores y principios democráticos que con dificultad logramos crear ente 1982 y 2006, tomará mucho tiempo. Pareciera que la mentalidad autoritaria y descalificadora del adversario vigente en los últimos 20 años ha dominado nuestra forma de actuar de tal manera que este proceso electoral, en el que inauguramos el balotaje, se ha convertido en un campo de batalla en el que los contendientes, con mayor o menor intensidad, se han enfrentado antes que ocuparse de seducir a la ciudadanía con sus propuestas y visiones de país.
Pero, pese a los obstáculos y un gobierno incapaz que por acción u omisión ha profundizado la crisis integral que vive el país, hemos llegado al momento en que nos alistamos a elegir a los futuros gobernantes el domingo. Como establece la Constitución Política del Estado (CPE), será “proclamada a la Presidencia y a la Vicepresidencia del Estado la candidatura que haya obtenido la mayoría de los votos”. Es decir, basta la diferencia de un voto para esa proclamación.
Sobre el voto, conviene recordar que la ciudadanía tiene tres opciones, partiendo del hecho de que votar es una obligación: votar por alguno de los dos binomios, en blanco y nulo. En una arbitraria interpretación, votar en blanco significa que se está de acuerdo con la democracia y la elección periódica de las autoridades, pero que no gusta ninguna de las candidaturas. En cambio, el voto nulo es un mensaje en contra del sistema democrático y, obviamente, de las candidaturas.
Por eso, la reacción que tengan los voceros y seguidores de los dos binomios en carrera ante los resultados que difunda el Tribunal Supremo Electoral (TSE) será clave. Lo responsable de parte de los candidatos y sus voceros es evitar someter a la ciudadanía a una innecesaria tensión y reconocer los resultados que se difundan a la brevedad posible, más aún si las dos principales misiones de observación electoral, las de la Organización de Estados Americanos (OEA) y la Unión Europea, ratifican la información emitida por el TSE.
En ese escenario, los obispos de la Conferencia Episcopal Boliviana (CEB) –a diferencia de algunas iglesias que han anunciado impertinentemente su apoyo a alguna de las dos fórmulas—han emitido un mensaje en el que exhortan a la población boliviana a ejercer su derecho al voto, “participando pacíficamente este domingo, haciendo de cada voto un acto responsable que nos ayude a mirar con esperanza los tiempos que vendrán, sabiendo que nos enfrentamos a grandes desafíos (…) La democracia requiere, también, respetar la voluntad del pueblo y mantener el diálogo, promoviendo la reconciliación”.
E insisten llamando “a los actores políticos y a todo el pueblo boliviano para que nuestras acciones sean guiadas por el respeto al voto, aceptando los resultados con profundo compromiso por el bien de todos los bolivianos”.
La magnitud de la crisis que debemos enfrentar y la posibilidad de inaugurar una nueva etapa en nuestra historia dependerá de cómo el nuevo oficialismo y la oposición, respetando sus legítimas aspiraciones y creencias, ayudan a una gobernanza democrática que consolide y blinde el sistema democrático, el estado de derecho, la defensa de los derechos humanos, la inclusión, y de esa manera encauzarnos hacia un desarrollo integral, soberano y conectado creativamente a un mundo tan complejo como en el que estamos viviendo.
En verdad, además de participar en el balotaje, un requisito sine qua non para avanzar hacia ese cambio, es el respeto al resultado de las urnas el próximo domingo. Así de sencillo.