Por Isabel Mercado
Erika camina por su jardín. Es pequeño pero cuidado con detalle. Allí crecen diferentes tipos de flores y se lucen hojas y arbustos entre la tierra y la madera. Las montañas rodean, cercanas, el reducto, y las paredes de la casa son como la galería de un museo íntimo que conducen a un estudio donde explotan pinceles, bastidores, colores y materiales.
Cuenta que eligió cuidadosamente el terreno para construir su casa. Buscaba un espacio donde crear y vivir al mismo tiempo, un lugar que la reflejara e inspirara. Esa elección cuidadosa y metada de la morada, refleja la personalidad de la artista, que ha ido transitando más de tres décadas de incesante trabajo, por etapas y apuestas sutilmente reflexionadas, todas producto de momentos de su vida que buscaba materializar o de una inquietud que quería traducir en expresión.
Erika es una mezcla bien dosificada de curiosidad, inteligencia y emociones plasmadas en la imagen pictórica o fotográfica. Y eso es precisamente lo que la convierte en una de las artistas bolivianas contemporáneas más talentosas e interesantes.
Estudió arte en Brasil, luego de haber pasado su adolescencia en el taller del maestro Roberto Valcárcel en clases de dibujo. “Algún talento debo haber tenido porque en una época donde tus padres no te ponían en clases de nada, mi madre le rogó a Roberto que me aceptara”, cuenta. Valcárcel, sólo enseñaba a adultos, de modo que Erika fue su pupila más joven.
“Yo no decía ni una palabra, y él tampoco hablaba mucho, pero recuerdo que cuando salí bachiller y le dije que iba estudiar arquitectura o diseño, me dijo que estaba loca, que tenía que estudiar arte”.
Ewel fue una de las primeras artistas bolivianas en explorar y explotar deliberadamente lo femenino; primero desde una posición ideológica, que busca destrabar tabúes y tapujos en la expresión artística, y luego desde lo personal, hablando siempre con voz femenina en sus obras, resignificando en arte sus emociones y etapas, que son la de toda mujer.
“Hemos sido precursoras del arte feminista en Bolivia cuando arrancamos Valia Carvalho y yo, a finales de los 90. Este tipo de arte ha sido la punta de lanza para las actuales generaciones. Era arte feminista y marcamos la diferencia en la visión de la mujer vista por la propia mujer, empezamos a hablar y mostrar sin tapujos”.
Pero, aunque comenzó con el manifiesto feminista por delante, ha recorrido todo tipo de caminos y lenguajes. Esa diversidad hace que una obra suya pueda ser irreconocible en estilo y formato de otra, y la ha obligado a organizar lo que va de su trabajo en tres tomos de un catálogo que lleva su nombre. En el primero de ellos, Ewel se define así: “Aparte de la necesidad de registrar tanto años de producción, tozudez, material acumulado, es una manera de distanciarse de la producción y así organizarla, catalogarla y entenderla (…) al realizar este libro reconocí que mi trabajo gira alrededor de las historias, mis historias personales e inventadas, de encontrar la propia historia, de compararme con íconos de la historia, de localizar geográficamente mi historia, de sanarme, de curar, de desear otra historia, de reflejar la historia de mi país, de participar en la historia. Es por eso que el hacer este libro es también un hito en mi historia”
- Tu obra tiene una constante que es la mujer: la mujer rota, el autorretrato, los sentimientos, los textos…
Mi obra definitivamente transita en el mundo femenino; todo es alrededor de la mujer y tiene mucho de autobiográfico. Hay varios elementos que trabajo y algo que me ha ayudado a descifrar esos elementos es haber hecho mis libros. Por ejemplo, trabajo mucho la imagen de la vagina, pero la vagina como símbolo de lo femenino, como cartografía, como el eje a partir de donde yo voy y soy. Mi obra es autobiográfica, pero estoy inmersa en una cultura, en un tiempo y estoy segura que muchas mujeres viven lo mismo, entonces llega a ser algo colectivo. Ahora bien, sí soy feminista, pero no uso esto como bandera, es algo más sutil. No es tanto una posición contestataria, sino intimista.
- Pero también juegas con la relación de la mujer con la sexualidad desde lo erótico...
Es también un descubrimiento de mí misma. Son más de 30 años de obra, las batallas que tenía hace 30 años no son las mismas de ahora. A un inicio hay mucho más erotismo y sensualidad; después está el tema de la maternidad, que fue todo un descubrimiento porque yo no era una mujer que decía voy a ser mamá y tener muchos hijitos; nunca fue esa mi meta, pero se dio y agradezco. Por eso quise reflejar todos los cambios que han surgido en mí con la maternidad.
10330.png Hay una parte en uno de tus libros, donde Roberto Valcárcel habla de cómo muestras a la mujer, y es la mujer real.
No es la magnífica ni tampoco la víctima, es todas y ninguna. Como yo misma.
- En tu obra hay un hilo autobiográfico, pero también un trasladarse por elementos y recursos.
Voy trabajando por series. Me aburro de una técnica y exploro otra. Eso sí, le tengo muchísimo respeto al óleo, no le llegó a meter muchas cosas al óleo, soy más cauta… Pero, con la fotografía no tengo ningún respeto, en el buen sentido, y me siento más libre. Hay muchas fotografías que las saco yo misma; otras que más bien he recopilado de árboles familiares. Hago una búsqueda de mi historia, quiero saber quién soy yo, de dónde vengo y por eso jalo mucho el tema de la memoria. Hay mucha decoración en mis trabajos, pero relacionada con cosas que están en la memoria y que van saliendo y voy utilizando.
- En lo expresivo también acudes a esa diversidad; es decir, tienes obra figurativa y otra totalmente abstracta...
Es verdad, y también uso mucho texto. Le podría meter texto a todo; el texto ayuda a reconceptualizar, redefinir un concepto, lo que estoy pensando. En cuanto al abstracto y figurativo es más un tema de no aburrirme. Hasta con los colores me pasa… voy haciendo series de diversos colores. Ahora, por ejemplo, necesito mucho color en mi vida; entonces uso colores súper fuertes.
- En uno de tus libros dices: “hay que caminar los lugares donde uno quiere vivir” y de alguna manera te veo reflejada en esa frase: vas buscando lo que quieres mostrar, lo que quieres retratar de tu propia vida o del entorno
Sí, hago eso y esa frase es justo cuando andaba buscando terreno para esta casa. Andaba caminando y viendo en todas partes lo que me representara. Es que yo creo que uno puede manejar su vida, uno puede trazarse el camino; depende dónde quieres llegar y de saber lo que quieres. Uno puede ir haciendo el camino tomando sus propias elecciones.
- Hay un momento en que entras en un proceso de maduración: tienes tu propia galería con tus amigos artistas. ¿Es un paso hacia una obra más consolidada, como echar raíces?
Arrancamos con Keiko hace siete años con un espacio; la otra socia era Roxana Hartmann, que ahora vive en Santa Cruz. Keiko ya me había dicho que quería que tengamos un espacio por la necesidad de contar con más galerías en La Paz. No me arrepiento, creo que ha sido una excelente decisión.
Evidentemente es difícil sustentar económicamente un espacio propio, pero el placer que te da y la libertad no te lo quita nadie. La segunda etapa es la sociedad con Gastón Ugalde. Keiko y Gastón son dos artistas con los que es fácil trabajar, que aprueban todo tipo de creación, todo tipo de proyectos; son muy abiertos.
- ¿Cómo crees que está influyendo la post pandemia en el mundo del arte?
Yo creo que más que la pandemia, lo que afecta al arte es la crisis económica en Bolivia. Está muy parada la economía este último año y medio; no hay movimiento, no hay proyección. Hay buenos artistas, pero pocos viven del arte, la mayoría tiene que trabajar en otras cosas y eso quita mucho. Los que viven del arte no son más de 10 y, como no hay un apoyo del gobierno, la obra no sale afuera; estamos en una isla. Tampoco hay crítica, no sé qué pasa, o es que el boliviano es muy sensible y no permite ser criticado.
- ¿Cómo has equilibrado la libertad de ser artista con una vida familiar tradicional? No es por ponerle etiquetas, pero no es necesariamente lo convencional…
Tengo un marido con mente abierta (risas). Cuando lo conocí estaba haciendo los autorretratos desnudos, así que si aguantó eso… Siempre he dado clases; primero en colegios y después particulares. Le dije a mi marido: Te prometo que voy a apoyar económicamente a la familia, pero no puedo dar clases en colegio.
Me absorbía demasiado. Creo que he llegado a balancear lo que debo hacer con lo que quiero hacer. Siempre he tenido taller y he podido trabajar en lo que quiero. Tenía que aportar a la familia y lo he conseguido; vivo del arte, y eso es un logro en Bolivia.
- ¿En qué momento dirías que estás de tu tránsito, de tu recorrido?
Creo que todavía soy una artista de mediana carrera; me falta un montón. Veo a la señora Rodo Boulanger, que trabaja maravillosamente y tiene más de 80 años y me siento una principiante.
Me gustaría sacar más obra al exterior, creo que la obra está madura y me gustaría tener una representación afuera. Todavía hay harto por hacer, o sea que voy a seguir dando de qué hablar y voy a seguir dando batalla. Yo quisiera que así me recuerden.