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La avitaminosis en la Guerra del Chaco: memoria del calvario olvidado

Lunes, 25 de agosto de 2025 a las 01:01

Por Redacción

Claudio Cortez narró en Los Avitaminosos (1936) la tragedia de combatientes devorados por la enfermedad, el hambre y el abandono.

Por Freddy Zárate

Tras el fin de la Guerra del Chaco en 1935, pocos veteranos se atrevieron a narrar lo vivido. Entre ellos, Claudio Cortez publicó Los Avitaminosos, una novela que rescataba un drama borrado de la memoria: la enfermedad, el hambre y la degradación de soldados derrotados no por balas, sino por la avitaminosis.
El relato se abre en un hospital militar precario, levantado a toda prisa con maderas húmedas y techos improvisados de palma. Allí yacen hombres con rostros desfigurados, miradas apagadas y cuerpos consumidos por la escasez. El aire es pesado, mezcla de sudor, medicamentos rancios y silencio resignado. Los soldados enfermos apenas se mueven; algunos balbucean, otros parecen ya no pertenecer a este mundo. Es un espacio de espera interminable, donde la frontera entre la vida y la muerte se confunde con la penumbra de los pasillos. 

En la cama 37, una religiosa se encuentra con un cuerpo que parece ya un cadáver en vida: “un esqueleto cobrizo, de brazos planos como palancas apenas cubiertos de carne”. Los que lo rodean desvían la mirada, como si el horror de esa figura pudiera contagiarse. Incapaz de tenderse solo, aquel soldado muere poco después, retirado sin ceremonia hacia una fosa común. El murmullo entre enfermos recuerda que no siempre fue un “repete” sin nombre, sino un empleado de comercio que terminó reducido a piltrafas humanas.

La rutina del hospital se sacude con la llegada del Ministro de Guerra. Los enfermos, esperanzados con recibir cigarrillos, coca o una comida completa, lo reciben con júbilo infantil. Pero la visita es una farsa cruel. El Ministro, descrito como un hombre gordo, sudoroso y colérico, apenas escucha los diagnósticos y dicta una orden que hiela la sangre: “A estos enfermos hay que mandarlos a la línea inmediatamente”. La indignación estalla: “Qué suerte perra no haber sido fulminado por una bala enemiga… morir en el Chaco es mejor que vivir y ver tantas miserias”. 

En ese ambiente de humillación surge la voz firme de Juanito Puertas, joven beniano que aún conserva energía. Al presenciar el desprecio del Ministro, sentencia: “El Ministro del país enemigo habría sido más cortés. ¡Qué desprecio nos tuvo!”. Su presencia otorga algo de dignidad a quienes ya habían dejado de sentirse hombres. Días después, cuando el cadáver de la cama 37 es arrojado a una fosa improvisada, es Juanito quien coloca una cruz de palo santo y recuerda entre lágrimas que ese hombre había sido su cabo en Kilómetro 7 y Alihuatá. Su gesto conmueve incluso a los enterradores, que por única vez dan dignidad a un soldado anónimo. 

La novela se detiene en esos detalles que no registra la historia oficial: los camilleros que caminan indiferentes con los cuerpos, los sepultureros que cavan con fastidio, los médicos agotados que no alcanzan a atender a todos. Cortez muestra que la muerte en el Chaco no siempre llegaba con el fragor de las ametralladoras, sino en la lentitud del desgaste, en la soledad del olvido y en la indiferencia de los superiores.

Poco después, todos los enfermos reciben la orden de volver al frente. Son filas de hombres flacos, descalzos, con ropas rotas y diagnósticos de avitaminosis. Sus cuerpos parecen sombras; sus barbas crecidas y sus ojos sin brillo hacen difícil reconocer en ellos a los jóvenes que partieron al inicio de la guerra. Viajan en camiones rumbo al estruendo de la artillería, cada golpe recordándoles que ya no son soldados, sino espectros. Les reparten armas oxidadas y ensangrentadas, “pobres piltrafas humanas” enviadas como refuerzo de una batalla perdida de antemano. 

La marcha a pie completa el suplicio. Las jornadas son largas, el sol cae a plomo, y el agua, cuando aparece, sabe a fango. Las noches heladas los sorprenden sin mantas; algunos mueren en silencio, tendidos en la tierra sin recibir siquiera la bendición de un compañero. Otros se arrastran, decididos a no ceder a la enfermedad. La selva chaqueña, con su humedad pegajosa y su silencio espeso, se convierte en un enemigo más. 

En una emboscada, perseguidos por el enemigo, sobreviven a duras caminatas, hambre, frío y calor sofocante. La desesperación los quiebra. Juanito, exhausto, se detiene y grita: “Ya no puedo más… sigan ustedes”, y con la trompetilla del fusil se abre la cabeza. El espanto se convierte en delirio: sus compañeros desgarran su ropa, beben su sangre y enloquecen como bestias poseídas. Algunos se pierden en el monte, otros se suicidan. La selva queda en silencio, sepultando sus gritos. 

El cierre de la novela es tan abrupto como demoledor: cuerpos dispersos, soldados anónimos tragados por la selva. Cortez no busca consuelo ni gloria. Su prosa descarnada apunta a desnudar una verdad que el Estado quiso silenciar: los hombres enfermos fueron tratados como material desechable, enviados a morir dos veces, primero por la enfermedad y luego por la bala.

Claudio Cortez (1908-1954), dejó un valioso testimonio de la vida y muerte en el infierno verde.

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