Diego Boulocq Nos guste o no, es evidente que vivimos desde hace un tiempo una transición hacia lo que algunos autores llaman la era del conocimiento, donde las nuevas tecnologías, como la inteligencia artificial y la computación cuántica, van configurando un horizonte aún poco claro, pero no muy distante. En este contexto de transición, el recurso esencial para el desarrollo de un país radica en la calidad promedio de la formación de sus habitantes. No es una novedad que la educación es una de las herramientas más poderosas de transformación social, pero sigue siendo un argumento plenamente vigente, quizá más que nunca. Para convertirnos en un país diversificado y competitivo en un mundo altamente tecnologizado, es fundamental adoptar una visión diferente, donde el talento y la creatividad sean nuestros recursos más valiosos y se conviertan en el eje central de los esfuerzos formativos. Desde esta perspectiva, es posible asumir el reto de transformarnos para evitar la irrelevancia en esta nueva era. La innovación como modelo Es aquí donde la innovación se convierte en un elemento esencial para la educación. Es importante entender la innovación no solo como la incorporación de la tecnología como herramienta en los procesos de aprendizaje, sino principalmente como un cambio en el enfoque pedagógico. En esta encrucijada, debemos decidir si queremos avanzar desde una educación memorista, centrada en el buen desempeño en los exámenes (lo que Mark Fisher denominaba el simulacro burocrático de la productividad), hacia un modelo formativo que priorice la investigación creativa, promueva la exploración constante de alternativas, estimule el pensamiento crítico y fomente la persecución de intereses propios en un entorno colaborativo. Los procesos de aprendizaje deben enseñarnos a pensar propositivamente, a cuestionar las fronteras del conocimiento, a generar preguntas y a tomar riesgos calculados. Está ampliamente estudiado que las personas aprendemos mejor a partir de la motivación y el interés propio. Por eso, los modelos de innovación promueven el aprender haciendo, experimentando a partir de necesidades reales, donde el error no es penalizado, sino parte fundamental del aprendizaje. Y la transformación permanente La investigación “Innovación y educación: Una mirada a los modelos educativos desde la economía creativa”, realizada en colaboración con Mauricio Moscoso como parte de un proyecto promovido por el Centro de Estudios de la Realidad Económica y Social (CERES) en alianza con el Center for International Private Enterprise (CIPE) y la Universidad Franz Tamayo (UNIFRANZ), analiza los modelos de innovación educativa y su relación con el potencial de la economía creativa en Bolivia. El estudio sugiere que los modelos educativos más flexibles y alineados con los intereses y habilidades de los estudiantes favorecen la formación de creadores. En este sentido, se destaca la importancia de visibilizar estos modelos y de flexibilizar los marcos normativos que permitan su implementación tanto en el sector público como en el privado. Asimismo, resulta fundamental promover políticas integrales que articulen ambos sectores de manera efectiva. La educación, entendida como un proceso de aprendizaje dinámico y en transformación constante, puede ser el catalizador que necesitamos para enfrentar los retos del presente e imaginar un futuro viable, el mejor posible.