Detrás de la bata, la mascarilla y, en algunos casos, los lentes, hay un ser humano que tiene problemas, que está cansado, que tiene hambre, que quizás no durmió bien o está enfermo, pero que pese a todo sobrepone su vocación de servicio como profesional en salud y sale a diario a realizar pruebas de diagnóstico y a acercar la vacuna contra el covid-19 a la población.
Son los denominados héroes silenciosos, que todos los días se dan modos para ganar la batalla contra el virus que nos acecha desde el 2019. Buscan estrategias para llegar a la población: acuden a las oficinas a vacunar, programan la inmunización a través de cita o recorren a pie los barrios.
De su entrega depende la vida de miles de personas, a las que buscan administrar una dosis contra el covid o realizar una detección temprana de la enfermedad para iniciar un tratamiento oportuno.
De hecho, gracias a la inmunización, que se realiza desde el 30 de enero del año pasado en el país, la tasa de mortalidad del covid cayó al 0,6% en la cuarta ola.
Rocío Pacheco es la encargada de vacunación en el centro de salud integral del Distrito Municipal - 12, desde allí se organiza y va, principalmente, a las escuelas. “La idea es inmunizar a todos los niños, ellos son los más propensos y deben estar protegidos”, resaltó la enfermera que en ese afán de lograr su meta, ella y su personal (unos seis profesionales más, entre médicos y auxiliares) están de pie hasta cuatro horas continúas y a veces hasta sin probar bocado alguno.
“Sin embargo, el trabajo de las brigadas de vacunación no concluye cuando nos retiramos de las unidades educativas. Debemos volver al centro, realizar la verificación de las planillas, contar las dosis que quedaron como saldo, controlar que el registro esté en orden, entre otras tareas que hace que nuestra jornada laboral concluya entre las 14:00 y 14:30”, apuntó.
Los profesionales de salud llegan hasta los barrios con la vacuna /Foto: Jorge Ibáñez
Agregó que en más de una ocasión han tenido que solicitar apoyo a las brigadas de Prosalud para vacunar a la mayor cantidad posible de escolares. “Cuando sabemos que el colegio tiene mucha población por inmunizar, pedimos que nos ayuden y además de nuestro equipo, ellos también acuden”, aseveró.
Desde el centro de salud Santa Isabel, los vacunadores cada semana marcan nuevas estrategias de lucha. La médica Graciela Viana y su equipo, de cuatro profesionales, coordinan con las empresas de la zona para acudir, en dos turnos, hasta las oficinas y administran las vacunas a quienes les falte completar el esquema o requieran el refuerzo.
“Para ir hasta las fuentes de trabajo de los pacientes, solicitamos a los directivos de las empresas que nos faciliten un medio de transporte. Llevamos las dosis necesarias y el equipamiento para el registro, una vez allá intentamos abarcar al cien por ciento del personal”, sostuvo Viana. Asimismo, aclaró que las entidades a las que acuden hay de todos los rubros, incluyendo constructoras.
“Entre los escombros de edificios, pero bien equipados y con las medidas de bioseguridad garantizadas, vacunamos también a los obreros. Esta lucha es de todos”, enfatizó Viana que, desde que inició la inmunización, su horario de almuerzo es después de las 15:00.
En ocasiones cuando acude a los establecimientos tropiezan con la falta de autorización de los padres para que sus hijos sean vacunados. “Desde el inicio de las clases presenciales hemos estado insistiendo en la inmunización directa en los colegios, pero no avanzamos mucho porque falta la autorización firmada de los padres de familia para que los chicos se vacunen”, reveló Viana.
En Yapacaní las brigadas visitan las casas /Foto: Soledad Prado
En municipios como Yapacaní, donde la dosis es resistida por muchos pobladores, los profesionales libran con el desconocimiento y la desinformación de la gente. Mirna Molina, supervisora de área en el centro de salud del municipio de Yapacaní, conoce de primera mano todas las dificultades que atraviesan las brigadas.
“Damos charlas en colegios, en las juntas vecinales, hemos realizado campañas los fines de semana, pero la gente rechaza las dosis, se fían de lo que ven en las redes sociales o internet; creen que, en lugar de inmunizarse, se van a enfermar o morir”, relató. En este municipio la cobertura de vacunación no supera ni el 30%.
Hilaria Tórrez, enfermera de la Caja Nacional de Salud en Montero, confesó que desde el inicio de la vacunación ha sido difícil. “Desayunábamos a las once de la mañana, almorzábamos a las cinco de la tarde y cenábamos a las dos de la madrugada. Todo con tal de atender hasta el último paciente que requería la dosis de inmunización”, apuntó.
Relató que, así como en la ciudad, en los municipios de provincias se dan modos para llegar con la vacuna a todos los sectores. “Acudimos a las empresas, colegios y hasta las unidades policiales. Con tal de que el tiempo no sea una excusa, nosotros (los profesionales en salud) vamos a donde se nos necesite”, manifestó.
Resaltó que entre las estrategias que más utilizan está la cita. Es decir, quienes acceden a la dosis dejan registrados sus números de celulares y, a través de estos, se los convoca para la siguiente dosis con anticipación.
Se arriesgan al contagio
Todos los días, desde hace dos años, la médica Andrea Alcoba (29) sale de su casa con la misión de llegar hasta los últimos rincones de la ciudad en su lucha contra el virus, primero lo hizo conformando las brigadas de vacunación y, desde hace cuatro meses, brindando atención médica a las personas que dan positivo en las pruebas de antígeno nasal que se aplican en el centro de diagnóstico del coliseo Las Orquídeas. Allí también se encarga de la supervisión y de reportar al sistema sanitario los casos atendidos. Amable y con una sonrisa suave, se da el tiempo suficiente para atender sus pacientes, darles recomendaciones y despejar todas sus dudas.
Estar en la primera línea la expone permanente al contagio, pero las medidas de bioseguridad son sus aliadas para cumplir con su vocación de salvar vida. Sin embargo, estar libre del contagio no siempre es posible, porque hasta ahora ha contraído el virus en cuatro ocasiones. “La primera vez estuve grave porque me faltaba el oxígeno, pero después de que me coloqué las vacunas no tuve síntomas. No he sido la única porque varios de mis colegas también han caído”, cuenta la médica.
Su centro de acción siempre ha sido el Plan 3.000 y destaca la respuesta de la gente tanto a la vacunación como al diagnóstico.
Lo más duro que le tocó afrontar durante todo este tiempo fue la muerte de su papá a consecuencia del virus. Ahora que sus familiares tienen la vacuna está más tranquila, pero de todas formas cada vez que retorna a casa debe cumplir estrictamente los protocolos de bioseguridad para no llevar el virus a su hogar.
La doctora Mercedes Miranda /Foto: Jorge Ibáñez
Como ella, la doctora Mercedes Miranda también ha batallado contra el virus en tres ocasiones, pero eso no la alejó de su labor de llegar con pruebas diagnósticas hasta los últimos rincones de la ciudad. Forma parte de las brigadas municipales de detección del virus y asegura que lo más difícil que ha vivido es la impotencia de no poder atender a toda la gente en los momentos críticos del contagio.
“Vivimos todos momentos desesperantes. La gente se desesperaba por acceder a una consulta y quizá hasta por una palabra de aliento, esa impotencia de no poder atenderlos a todos de forma rápida era duro de afrontar”, dice la profesional.
La médica es madre de dos niños, uno de 14 años y otro de 12 años, que son su mayor motivación para salir trabajar y servir a la población.