Gabriela Sanjinés M./ Economista
“El conocimiento es poder”, decía Thomas Hobbes en 1658. Casi cuatro siglos después, me atrevería a indicar que esta frase es aún más relevante en estos tiempos donde la información está en constante cambio y actualización.
Si bien la generación de datos estadísticos (data) ha sido responsabilidad de entes gubernamentales, otras entidades están aportando en la generación de data para mejorar la toma de decisiones.
Entidades supranacionales, como el BID, BM o PNUD, y académicas, como las universidades públicas y privadas, han visto la importancia de apropiarse de su rol social a través de la generación de investigaciones que coadyuven a soluciones, tanto regionales como nacionales, que beneficien a la población.
La economía creativa o economía naranja va más allá de un término que está en boga. Se trata de un sector de mucha importancia económica y social en la región. Una investigación de Luzardo, que hace un balance de los 10 años de apoyo del BID a la economía creativa en América Latina y El Caribe, reconoce que la economía creativa representa el 3% del PIB mundial y genera empleo para 30 millones de personas y que, en 2023, generó ingresos por US$ 124.000 millones en América Latina y el Caribe (ALC), que representó el 2,2% del PIB regional y empleo para 1,9 millones de personas.
En ese documento, el BID reconoce la importancia de la economía creativa en la región y el rol que juega en la reactivación económica, pero también reconoce el rol que cada actor juega para fortalecer el ecosistema. Por eso la importancia de unir esfuerzos, trabajar colaborativamente desde el sector público y privado para promover el fortalecimiento de los sectores de la economía creativa.
La economía creativa tiene características de trabajo autónomo e informalidad. Luzardo estima que, en América Latina y el Caribe, el 24% de los trabajadores de este sector son parte de la informalidad y el 18% trabaja de manera intermitente, lo que incide en la calidad de vida, acceso a beneficios y financiamiento.
Santiago Laserna, por otro lado, explica que Bolivia es uno de los pocos países latinoamericanos que no tiene desarrollada una agenda de Economía Naranja. A esto podemos sumar que no existen estadísticas oficiales sobre el sector y, por lo tanto, son iniciativas privadas las que están estimando, de fuentes primarias o secundarias, los datos de este sector, importantes para nuestra economía.
El investigador estima que, en 2022, el 17,5% de los trabajadores en el país correspondían a la economía creativa, indicador que se encuentra por encima de los datos que tienen países vecinos.
La toma de decisiones ayuda a fortalecer la economía creativa a nivel local, metropolitano o departamental y, para que estas decisiones sean adecuadas, deben basarse en datos.
Cochabamba, por ejemplo, no cuenta con datos específicos sobre este sector; por lo tanto, como una forma de contribuir a la región, se realizó el Censo de Economía Naranja, que no sólo aportó estadísticas socioeconómicas sobre los empresarios y emprendedores creativos de la capital del Valle, sino que también contribuyó con un mapeo de la huella creativa y propuso el “Ecosistema turístico de educación y salud para exportación” en el distrito 12 del municipio, el mismo que se concretó en una carta de intenciones para su desarrollo y potenciamiento, y que ha sido suscrito por autoridades departamentales, municipales e instituciones como la Cámara de Industria y Comercio – ICAM, Federación de Entidades Empresariales de Cochabamba – FEPC, Asociación de Universidades Privadas de Bolivia – ANUP, entre otras.
Éste es un claro ejemplo de cómo la generación de data desde la academia contribuye a integrar actores que puedan impulsar sectores económicos importantes en la región.