El reciente informe del Fondo Monetario Internacional (FMI) ha traído consigo una proyección de crecimiento para Bolivia que, a primera vista, podría parecer alentadora: un 1,6% para el año 2024, un nivel que no se registraba hace dos décadas. Sin embargo, al analizar detenidamente esta cifra, es evidente que el contexto que la rodea es más complejo y preocupante de lo que aparenta. Este indicador no solo refleja un crecimiento modesto, sino que también pone de manifiesto el retroceso del país frente a las expectativas que había generado en años anteriores.
La economía boliviana ha atravesado periodos de bonanza, impulsados en gran medida por la exportación de recursos naturales. Sin embargo, la dependencia de estos sectores ha dejado al país vulnerable a las fluctuaciones del mercado internacional. A medida que los precios de las materias primas han experimentado caídas, la economía boliviana ha evidenciado la falta de diversificación y resiliencia. Este crecimiento proyectado del 1,6% es un claro reflejo de esa fragilidad, que nos recuerda que los avances económicos no son una constante, sino un camino lleno de altibajos. La situación se complica aún más cuando se considera el clima de conflictividad social que ha caracterizado al país en los últimos años. Bolivia ha sido escenario de protestas y movilizaciones que, en ocasiones, han paralizado sectores clave de la economía. La inestabilidad social no solo afecta la inversión nacional y extranjera, sino que también desgasta la confianza de los actores económicos en un entorno que debería ser propicio para el crecimiento. La falta de diálogo y consenso entre el Gobierno y la oposición ha llevado a un ambiente en el que la incertidumbre se ha convertido en un compañero constante. Además, la reacción del Gobierno ante el contexto nacional e internacional ha sido insuficiente. En un mundo cada vez más interconectado, donde las decisiones de política económica en una nación pueden tener repercusiones globales, Bolivia parece haber quedado rezagada. Las autoridades deben adoptar un enfoque proactivo para abordar no solo los desafíos internos, sino también las oportunidades que surgen en el ámbito global. La creación de un modelo económico inclusivo, que fomente la inversión, la educación y la innovación, es vital para lograr un crecimiento sostenible y significativo. El informe del FMI también plantea interrogantes sobre la calidad del crecimiento. Un incremento del 1,6% en el PIB puede parecer positivo en números, pero es fundamental analizar cómo se traduce esto en el día a día de los ciudadanos. La pobreza y la desigualdad siguen siendo problemas críticos que afectan a una gran parte de la población. Un crecimiento que no se acompaña de políticas efectivas para mejorar la calidad de vida de los bolivianos es, en última instancia, un crecimiento vacío. En conclusión, aunque el informe del FMI indica un crecimiento proyectado para Bolivia que puede parecer alentador, es esencial abordar la realidad subyacente. La intersección entre el modelo económico, la conflictividad social y la falta de respuesta ante un contexto cambiante, nos muestra que el camino hacia un desarrollo sostenible y equitativo es aún largo y lleno de desafíos. Las autoridades deben tomar medidas audaces y coordinadas para transformar esta proyección en una oportunidad real. La historia de Bolivia no debe ser la de un crecimiento efímero, sino la de un avance sólido y duradero que asegure un futuro próspero para todos.