Gabriela Pareja Moreno
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Tiene 45 años, es madre de familia y trabajadora sexual. Su testimonio se pone en evidencia que la necesidad económica es, muchas veces, es lo que impulsa a entrar en el mundo del trabajo sexual. Deja ver que la inseguridad es una constante para las trabajadoras sexuales, que se cuidan entre ellas porque no hallan apoyo en las instituciones del Estado.
Camila (reservamos su identidad) repasa entre risas nerviosas sus inicios y su trayectoria en el denominado oficio más antiguo del mundo. Habla de los motivos que la llevaron a entrar en esta actividad y la violencia con la que se convive. De acuerdo a un registro de la Defensoría del Pueblo, en 2018 había unas 1.500 trabajadoras sexuales en Santa Cruz, en 2019 llegaban a 1.000 y en 2020 no alcanzaban ni a la mitad, según registros, pero en los dos últimos años hubo restricciones por la pandemia del covid-19.
¿Cuánto tiempo lleva en el trabajo sexual?
Me inicié un poquito mayor, a mis 21 o 22 años, a diferencia de otras compañeras que lo han hecho a los 12 o 13 años. La historia de cada una es muy diferente. Cuando entré, recuerdo que había algunas que estaban ya bastante tiempo y eran bien peladitas.
¿Qué la hizo entrar en el mundo de la prostitución?
Hace más de 20 años vendía jugos en la zona de la exterminal, en lo que hoy es La Ramada. En ese tiempo estaba embarazada. Lamentablemente, por factor económico, no me hice ningún control ni nada de eso. Cuando entré en trabajo de parto yo no tenía ni para el pasaje, así que tuve que pedirle a una amiga que me ayude, pero ella, en vez de acercarme al hospital, primero me llevó donde su cortejo. Así se pasó el tiempo y cuando llegamos a la clínica mi beba se salió y se golpeó la cabecita porque cayó al piso.
Los primeros días estuvo bien, pero a partir del quinto día mi niña entró a terapia intensiva. Como fue parto normal, yo salí bien del hospital, pero era un calvario todos los días, porque daban recetas y recetas y no me alcanzaba.
En medio de la desesperación, acudí ante mis compañeras de La Ramada y entre ellas me decían que la única forma de conseguir plata era entrando a ese ambiente. Ellas me ayudaron a conseguir mi primer cliente.
Al principio decía lo voy a hacer por la necesidad, pero luego se me hizo costumbre, ya lo considero como un trabajo.
¿Por qué cree que el negocio del sexo es tan rentable?
En realidad, fácil no es, pero es cómodo para nosotras porque podemos decidir el horario de trabajo, si hacerlo o no, si salir cuando hace frío o esperar, claro, cuando somos independientes. Es muy diferente cuando somos dependientes de los locales, especialmente las jovencitas. Yo he visto que se van adaptando a esa vida, porque con lo que ganan al día se compran las cosas que ellas quieren, o sea, se dan los lujos que quizás en su casa no tienen.
¿Cómo logra establecer límites con los clientes?
Tenemos estrategias que hemos aprendido en la calle, porque estamos paradas en una esquina. Por ejemplo, yo me paro en una puerta de un alojamiento, ahí va el cliente y me pregunta el precio, yo le digo el monto y entramos, pero luego le explico: “Te lo voy a hacer de esta manera o de esta otra y si quieres otra cosa, me tienes que pagar más”. Todo tiene su límite. Aunque hay clientes que abusan por el simple hecho de que están pagando, y la quieren estropear a uno. En este ambiente uno pilla de todo, uno tiene que criar coraje y entre compañeras nos cuidamos, pero hubo algunas que han sido asesinadas haciendo el trabajo sexual, han aparecido bajo la cama ahorcadas con su mismo sostén.
¿Cómo se cuidan en temas de salud y seguridad?
En el tema de salud contamos con un centro que se llama Sedavid, que es donde nos otorgan carnet de sanidad, pero solamente nos hacen las pruebas de VIH y nos revisan la vagina, como si no tuviéramos otras partes en el cuerpo. Si estuviéramos en una situación de riesgo, como golpes o infecciones de transmisión sexual, tenemos que acudir por nuestra cuenta a otros centros.
En realidad, no nos gusta que nos manejen como ganado. Primero tienen que hacer filas para entrar a un consultorio pequeño, como de dos por tres, Luego entran de cinco en cinco. Si no fuera que dan el cartón de sanidad, sé que las compañeras no irían a ese centro, pero tenemos que cumplir con la obligación de tener ese cartón.
Y en el tema de seguridad, solamente entre nosotras nos tenemos que cuidar porque acudir a la Policía, a la alcaldía o a algún funcionario público es en vano.
Cuántas veces nosotras hemos ido a denunciar porque hay clientes que se quitan el condón y hay otros que hasta te quieren pegar. Siempre hay una seccional cerca de los lenocinios y van las compañeras para hacer su denuncia, pero nunca las atienden, lo único que dicen los pacos es: “El cliente tiene la razón o seguro vos le has querido robar”, así que nunca denunciamos.
A veces nos ayuda la Defensoría del Pueblo, pero de 100 casos solo dos llegan a algo.
¿Cómo te preparas para afrontar un día de trabajo?
Antes para salir a trabajar tenía que inventar miles de cosas, porque al principio pues uno no les va a decir: “Estoy yendo a trabajar de esto”. Entonces agarraba y decía que iría a lavar ropa o a vender café y así salía.
En el tema del cuidado, cuando somos nuevas, no nos sabemos proteger. Yo no usaba ni preservativo en ese tiempo, porque en mi mente siempre decía: “no me va a pasar nada”, pero me contagié de infecciones de transmisión sexual muchas veces, hasta he tenido como un combo de esas enfermedades, he sido tratada y todo lo demás.
Somos personas que en un principio no nos cuidamos porque lo que más queremos es generar el dinero y nada más, yo era así hasta que tuve una infección bastante grave y aprendí a cuidarme.
¿Cómo lidias con los aspectos psicológicos y emocionales de tu trabajo?
En un principio, como dije, ingresé por necesidad, yo solo pensaba en llevar plata al hospital, no me importaba nada más. Después, me fui mostrando hacia la sociedad, ya la gente me veía porque la zona de la terminal era bien pública, entonces me sentía como sucia y con vergüenza.
No quería ni ir al colegio de mis hijos mayores, porque decía que algún papá me iba a reconocer y sí me pasó. Una vez me tocó un vecino, lo peor fue que me dijo que me conocía cuando ya estábamos en la cama.
Al principio uno se bajonea, dice que es la peor persona, pero después uno lo va a sobrellevando.
¿Cómo crees que se debe abordar la estigmatización y discriminación hacia las trabajadoras sexuales?
Ya sufrimos discriminación desde que somos mujeres, aquí la sociedad discrimina de todo a cualquier mujer, no solamente a la trabajadora sexual. Te discriminan más cuando dices el trabajo que realizas y siempre nos dicen: “¿Acaso no tienen otro trabajo?, ¿no pueden hacer otra cosa?, ¿solamente con abrirte quieres ganar dinero?”. Lo peor es que son las mismas mujeres las que más nos discriminan.
¿Alguna institución les brinda asesoramiento, apoyo u orientación?
Ahorita es la Fundación Igualdad la que nos proporciona pruebas de VIH y sífilis para las compañeras trabajadoras sexuales, también nos dan información en el tema del cuidado y las formas correctas del uso del condón. Solicitamos asesoramiento con talleres a la Defensoría del Pueblo y nosotras mismas ya buscamos informarnos más.
Creo que es necesaria una ley a favor del trabajo sexual, Yo creo que al ser reconocidas como mujeres de derechos vamos a tener una mejor calidad de vida y vamos a poder pedir mejores condiciones en los lugares que ejercemos el trabajo sexual.