Por Daniela Revollo
Dulce Amor no empezó como un negocio, sino como un proyecto escolar, pero sobre todo, como un sueño compartido entre madre e hija. Andrea Rivero tenía que elegir una carrera técnica en el colegio y sin dudarlo: eligió gastronomía. Desde niña, sentía una atracción especial por la repostería, inspirada por el amor y los aromas de hogar en los postres que su madre horneaba.
Andrea tiene 20 años y nació con hipoacusia, una condición que provoca pérdida parcial o total de la audición. En su caso, el silencio llegó antes que las palabras. Pero aprendió a comunicarse leyendo labios y usando el lenguaje de señas, transformando ese aparente límite en una nueva forma de conectar con el mundo. Porque Andrea escucha con los ojos, habla con las manos… y con el corazón.
Nos recibe con una sonrisa que deshace cualquier prejuicio y una mirada curiosa que no necesita traducción. Es de contextura delgada que no aparenta la valentía que en realidad tiene. A su lado, siempre está su madre, Jimena Correa: su intérprete, su socia, su mejor aliada. Antes trabajaba en limpieza de condominios, pero dejó todo para acompañarla en su camino. Son un dúo inseparable, como el azúcar y la harina.
Andrea fue la mejor alumna de su curso y la segunda de toda su promoción. Ganó becas en la Universidad Católica y un pase libre en la Uagrm. Pero el costo de un intérprete de señas le impidió empezar sus estudios. La frustración pudo haberla detenido, pero ella eligió transformar el obstáculo en impulso. Volvió a encender el horno, reactivó Dulce Amor y convirtió sus postres en una vía para financiar su futuro.
Con apenas Bs 500 —un regalo de su madre— horneó su primer queque de Oreo y lo vendió por Bs 20. Desde entonces, sus ingresos semanales varían entre Bs 700 y 1.000. Cada venta es una cucharada más de esperanza.
Andrea no solo hornea; crea. Ella diseña los productos, toma fotos, edita videos, responde mensajes y organiza pedidos. Administra Instagram, Facebook y TikTok. Cuando el ritmo se acelera, su madre se convierte en su ayudante de confianza.
No tiene una tienda física, pero sus postres llegan a domicilio con el mismo cariño con el que fueron preparados. Ofrece tortas de todos los sabores, chocoflan, fresas de amor, galletas, bocaditos y más. Su producto estrella es la torta tres leches, húmeda y dulce como su historia.
Hubo momentos duros. La subida del precio de la leche —su ingrediente esencial— y del cacao puro (que llegó a costar Bs 100 el kilo) puso en jaque su emprendimiento. Pero en vez de subir los precios, decidió reducir porciones, manteniendo siempre la calidad Andrea es de esas personas que no saben decir que no. Siempre está lista para sumar, aprender y compartir. Participó como invitada en el Foro de Mujeres Empresarias y Emprendedoras por el Bicentenario, en ruedas de negocios, y fue delegada ante las Naciones Unidas, representando a los jóvenes con discapacidad. Donde otros ven barreras, ella ve puertas por abrir. Sueña con tener un local propio y más que eso, con ofrecer oportunidades laborales a otros jóvenes con discapacidad. Se capacita constantemente, porque sabe que el conocimiento también es un ingrediente clave. Su madre, Jimena, les dice a otros padres: “Apoyen a sus hijos. No hay nada imposible. El camino puede ser lento, pero con amor y paciencia se llega al objetivo final”. La historia de Andrea y Dulce Amor es más que un relato emprendedor: es una receta de vida, que lleva perseverancia y trabajo. En tiempos donde todo va rápido y muchos se rinden fácil, Andrea nos enseña que los sueños, como los mejores postres, se cocinan a fuego lento. Y que cuando se hace todo con el corazón, hasta el silencio se vuelve un canto de victoria.
Su mensaje es tan claro como su sonrisa: “Luchen por sus sueños. No hay nada difícil ni imposible cuando uno ama lo que hace. No hay barreras ni limitaciones: esas se las pone uno mismo”.