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A ti, a ti las gracias, Toño

Domingo, 08 de febrero de 2026 a las 04:00

“A ti las gracias y disculpas por las debilidades”, me dijo Antonio “Toño” Araníbar al concluir la entrevista que tuvimos aquel diciembre de 2012 en su casa de Polanco, en México. Y es que, durante esa larga charla, tuvo que sacar su pañuelo blanco de tela varias veces para secar sus lágrimas. Le dolía la memoria democrática, la distancia injusta del país y de su familia, y lo afligía, además, la fragilidad de su memoria. Porque repasar tanta historia, desde 1962 cuando comenzó su carrera política a sus 21 años como Secretario Ejecutivo de la FUL en Cochabamba, obligaba a mencionar decenas de nombres. Era un domingo tranquilo y claro, como su casa, como él mismo, cálido, pausado, amoroso. Terminada la charla, nos invitó a comer a un restaurante sencillo, cercano. México era por entonces su ciudad, así como lo fueron tantas otras en América Latina, todas por fuerza del exilio en tiempos de dictadura militar, y la última, la más larga, la más ingrata e inicua, duró 21 años y sucedió durante el gobierno democrático de Evo Morales, qué paradoja. 

A sus 84 años, Antonio Araníbar Quiroga finalmente volvió al país y el Congreso Nacional le hizo un reconocimiento hace unos días. Me hubiera gustado estar ahí para abrazarlo porque Toño Araníbar se lo merece de manera rotunda. Y es que no hay actor político que no mencione a Toño en algún momento de su vida, como artífice determinante en la construcción de la democracia en el país, pero, además, como el hombre decente e íntegro que es. 

Mi abrazo, entonces, es este retacito de memoria que Toño me ayudó a reconstruir para el libro que entonces preparaba y que publiqué 11 años después en 2023. El color de las ovejas negras. Crónica de un parricidio.

“Después de sesenta días de encierro junto a Hernán Siles Zuazo –luego de ese jueves 17 de julio cuando de ida a la COB huyeron al oír los disparos del tiroteo que mató a Marcelo Quiroga Santa Cruz–, Toño Araníbar había buscado exilio en Quito, igual que mi papá. El Gobierno de Unidad Nacional que el MIR había creado en la clandestinidad se trasladaría a Quito desde donde Toño trabajaría con los gobiernos amigos y organizaciones políticas internacionales. 

(…) Cada domingo a las 8 de la mañana, Toño despertaba con el canto del himno nacional ecuatoriano en la oreja. Su departamento de dos por dos quedaba al lado del estadio Atahuallpa, donde los partidos de fútbol se jugaban temprano, a las 8 de la mañana, para acabar antes de las dos de la tarde cuando en Quito comenzaba a llover religiosamente. 

Cuando Toño y su gente supieron que los militares alzados [contra la dictadura de García Meza en Cochabamba, 1981] llegarían a Quito, quisieron contactarse con ellos por la simple voluntad de conocerse personalmente, quizá por la simpatía evidente de ese acto de valentía que muchos reconocían, pero también como gesto solidario de quien, con más o menos suerte, sufre los rigores del exilio.

Quizás era posible prestarnos algún tipo de cooperación mutua en esas circunstancias, dice Toño, haciendo un enorme esfuerzo por recordar con detalle una de las etapas más intensas de su vida y sin duda también la más triste. 

Silencio. Toño saca un pañuelo de tela del bolsillo y seca sus lágrimas, disculpándose. El asesinato de sus compañeros en la calle Harrington es una cicatriz que no ha dejado de doler. Se quiebra porque la utopía de ese país hermoso que aquella vez soñaron tiene un sabor tan sublime como amargo. 

(…) Llegaron al departamento de Toño, un lugar pequeño y austero. Toño los recibió cordialmente, aunque todos se mantenían algo distantes. La reunión no fue fácil, contó mi papá, por eso lo que hicieron de entrada fue barrer desacuerdos. 

Toño reconoció que los compromisos de algunos miembros de las Fuerzas Armadas con organizaciones delincuenciales no involucraban a todas las Fuerzas Armadas. Reconoció también que el ensañamiento mutuo había creado un profundo resentimiento y distancia entre militares y organizaciones civiles. Y eso era exactamente lo que mi papá quería oír.

Amor con amor se paga, así que por primera vez en su vida mi papá habló de la matanza de la calle Harrington. Ni siquiera lo había anotado en sus memorias. Es Toño quien me cuenta cómo ese hecho lo había afectado y había sido el detonante de algo inadmisible para los propios militares, incapaces entonces de mostrar su reproche ahogado, más que por temor, por la duda de sí mismos. El MIR era el enemigo que habían construido y ahora que esos jóvenes estaban muertos, se miraban las manos terrible y absurdamente ensangrentadas. 

(…) El diálogo terminó con una alegoría: su única causa debía ser una Bolivia libre y soberana. Años después, Toño fundaría el partido político Bolivia Libre”.

Bienvenido a tu patria, Toño querido.

(*) La autora es periodista

 

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