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Soberanía de datos: la nueva agenda del directorio

Martes, 26 de agosto de 2025 a las 00:00

Por Redacción

Roberto Ortiz Ortiz

La caja fuerte de una empresa no solo contiene dinero, sino también información. Ya no se necesitan bombas ni hackers para abrirla; basta con tener buena voluntad y un simple copy-paste.


Hace apenas unas décadas, una oficina era sinónimo de escritorios llenos de papeles, faxes que no paraban de sonar y archivadores interminables. Hoy, gran parte de esa infraestructura cabe en un solo dispositivo: un celular que concentra comunicación, documentos, clientes y transacciones. La digitalización transformó procesos enteros, acortó tiempos y multiplicó la velocidad de los negocios. De la misma manera, fábricas que antes requerían centenares de trabajadores ahora operan con robots y algoritmos, y empresas que solían depender de ejércitos de vendedores hoy encuentran en la publicidad digital a su mejor representante comercial. 


Detrás de toda esta evolución hay tecnologías invisibles que hacen posible lo que damos por sentado: redes inteligentes que conectan operaciones críticas, nubes que te dan elasticidad y continuidad, sistemas de ciberseguridad que blindan la operación y, cada vez más, inteligencia artificial (IA) que convierte datos en decisiones. 


Nada de esto existiría sin los equipos de IT, que ya no son simplemente “los que te configuran la clave del WiFi”, sino los encargados de guiar la transformación digital, integrar las áreas y lograr que la innovación se traduzca en resultados concretos y rentables. Hace poco, escuché un capítulo del podcast Managing the Future of Work de Harvard Business School y me quedó grabada una idea: la IA no se trata solo de productividad, sino de cómo preparás y capacitás a tu gente para adoptarla de forma responsable. Y acá la pregunta incómoda: ¿ya estás capacitando a tu equipo en el uso responsable de la IA para ser más eficiente que tu competencia, o te estás quedando atrás?


La IA ya no es ciencia ficción; es la herramienta que está optimizando rutas logísticas, acelerando cierres financieros, detectando fraudes, diseñando publicidades, respondiendo a clientes en segundos y hasta redactando actas de reuniones. Sin embargo, como toda tecnología, abre oportunidades, pero también riesgos. 


El mayor de ellos tiene un nombre que muchos todavía no terminan de dimensionar: la soberanía de los datos. En la práctica, significa tener control sobre dónde viven los datos de tu empresa, quién los accede, para qué se usan y bajo qué resguardo permanecen. 


Imaginá a un ejecutivo que, apurado por sacar un informe, copia en una IA pública como ChatGPT toda la proyección financiera de su compañía: ventas, costos, márgenes y planes estratégicos. U otro que suba un contrato o correo con cláusulas de confidencialidad para pedir una respuesta o asesoramiento legal. Lo que para ellos parece una ayuda rápida e inofensiva, termina almacenado en servidores externos, fuera de su control y disponible para cualquiera que sepa hacerle a la IA la pregunta correcta. En 2023, empleados de Samsung filtraron “de buena voluntad” información confidencial de código y datos técnicos de sus próximos lanzamientos a ChatGPT y la empresa prohibió inmediatamente este tipo de herramientas.


No fueron los únicos. Apple, JPMorgan, Amazon, Goldman Sachs y muchas otras corporaciones también limitaron el uso de ChatGPT y similares por miedo a filtraciones. Pero entendieron algo clave: dejar a su gente sin IA es una desventaja competitiva enorme y, al final, más costosa que el riesgo original. 


Por eso, en lugar de quedarse solo en la prohibición, empezaron a desarrollar o comprar sus propios modelos privados y entornos de IA controlados. Walmart, por ejemplo, lanzó su propio asistente interno “My Assistant” para canalizar de forma segura la productividad que la IA puede ofrecer a sus colaboradores.


El mensaje es claro: la soberanía de los datos no significa renunciar a la IA, sino usarla de manera segura y gobernada. Se trata de decidir dónde van a residir tus datos, qué modelos pueden acceder a ellos y bajo qué reglas. Y junto con esas políticas, la educación corporativa es fundamental: capacitar a los equipos en el uso responsable de la IA para evitar errores de buena fe que terminen exponiendo información sensible. En esta nueva etapa de la transformación digital, el dilema no es “usar o no usar inteligencia artificial”, sino si vamos a hacerlo con reglas y cultura que protejan a la empresa, o con improvisaciones que la dejen en riesgo.
 

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