¿Quiere recibir notificaciones de alertas?

Clasificados

La resiliencia de las matemáticas en las faldas del Amboró

Lunes, 02 de febrero de 2026 a las 04:00

Por Redacción

Por Luis Marcelo Rojas García, docente

Desde que el sol alumbra la cima de los árboles del Parque Nacional Amboró hasta que la bruma cubre los senderos de Porongo, la Unidad Educativa “Santa Fe de Amboró” late como un pequeño motor de esperanza. Está a tres horas de la ciudad más cercana, en un caserío al que solo se accede por un camino de tierra que en invierno se convierte en barro y en verano en polvo. Aquí, las señales de celular son un lujo que llega cuando la nube lo permite, y el único sonido constante es el canto de las aves que dan nombre al distrito educativo Ayacucho Porongo.

Llegué hace 16 años, recién egresado de la especialidad de Matemática, de la Escuela Normal “Enrique Finot”, con la maleta llena de libros y la cabeza llena de teorías. Pensé que enseñar ecuaciones cuadráticas o funciones trigonométricas sería igual en cualquier parte. Craso error. Mis primeros alumnos, adolescentes que caminan hasta dos horas para llegar a clases, me miraron con una mezcla de curiosidad y desconfianza cuando escribí “f(x)” en la pizarra. Uno de ellos, Milton, me dijo con la voz quebrada por el esfuerzo de la caminata: “Profe, ¿para qué sirve esa letra si no tengo ni para un cuaderno nuevo?”.

Fue entonces cuando entendí que mis fórmulas no servían si no las traducía al idioma de la realidad. Empecé a llevar a clase cartones reciclados que convertíamos en planos cartesianos; usamos semillas de choclo para explicar las probabilidades; y los mismos huevos que sus madres venden en el mercado de Montero se convirtieron en unidades para enseñar proporcionalidad. Cada problema de física o geometría se resolvía con lo que la tierra daba: palos, piedras, hojas de plátano. Así, la matemática dejó de ser un castigo y se volvió una herramienta para medir el mundo que los rodeaba.

Un día, la torrencial lluvia de noviembre inundó el único puente de troncos que conecta Santa Fe con el resto del distrito. Los estudiantes no pudieron asistir durante una semana. En lugar de rendirme, cargué la pizarra portátil y un fardo de tizas en la mochila, y fui casa por casa. En el corredor de la vivienda de doña Laura, donde el techo de calaminas repiquetea con cada gota, dimos clase de álgebra mientras sus gallinas caminaban entre nuestras patas. A la semana siguiente, cuando el agua bajó, los chicos regresaron con los deberes hechos en hojas de cuaderno arrancadas y cosidas con hilo de alpaca. Habían aprendido más en esa semana de “escuela itinerante” que en meses anteriores.

El reto más grande no es la distancia ni la pobreza; es la deserción invisible. A los 14 años, muchos jóvenes ya son jornaleros en las plantaciones de cítricos y guineales. Convencerlos de que un logaritmo puede ser más útil a largo plazo que un día de pago inmediato requiere una fe que a veces tambalea. Por eso inventamos la “Feria de Matemáticas Vivas”: un día en el que cada estudiante debe montar un negocio miniatura, un puesto de jugo, una venta de empanadas, un taller de hojas de motacú, y demostrar con números que su proyecto es rentable. Los padres, que antes miraban la escuela con escepticismo, ahora llegan orgullosos llevando sus propios cálculos de ganancias. La ecuación más hermosa es ver a un papá que no sabe leer orgulloso porque su hijo (a) le explicó cómo calcular el interés compuesto de su ahorro.

Hoy, la Unidad Educativa “Santa Fe de Amboró” sigue estando en el mismo lugar alejado, pero ya no está aislada. Tenemos aulas equipadas y cada año recibimos a más estudiantes de comunidades aledañas que vienen a aprender de nosotros cómo enseñar con menos. Mis actuales alumnos tienen un grupo de WhatsApp donde comparten ejercicios y memes de diferentes ejercicios que ellos mismos se plantean. Algunos días, cuando la señal lo permite, hacemos video llamadas con exestudiantes que nos comparten su experiencia en la ciudad y los estudios superiores ya que la mayoría que egresó de nuestra querida Unidad Educativa ingresaron a diferentes universidades.

Enseñar matemáticas en el área rural no es solo transmitir fórmulas; es sembrar la certeza de que el mundo puede ser ordenado, que los problemas tienen solución y que la distancia no es una condena, sino una variable más que puede ser modificada. Cada vez que un alumno resuelve una ecuación, estoy convencido de que también está resolviendo parte de la desigualdad que lo rodea.

Cuando la noche cae y el último estudiante ya ha partido hacia su hogar, me quedo en la plaza de tierra mirando las estrellas que se ven con una claridad que la ciudad nunca conocerá. Pienso que, tal vez, esas estrellas son como mis estudiantes: lejanas para muchos, pero brillando con una luz propia que nadie puede apagar. Y entonces, cargado de tizas y sueños, vuelvo a preparar la clase del día siguiente, porque sé que en algún rincón del Amboró hay un adolescente que mañana descubrirá que la matemática no es un enemigo, sino un puente para cruzar su propio río de barro y así alcanzar sus sueños y metas que se propone.

 

¿Quiere recibir notificaciones de alertas?

Las notificaciones están desactivadas

Para activar las notificaciones: