La convocatoria pública al diálogo lanzada en las últimas horas por el controvertido e impredecible vicepresidente Edmand Lara llega tarde y con ruido propio. Apenas dos días después de haber tensado el clima político con advertencias grandilocuentes -eso de que, si asumiera el mando presidencial por un día, “destaparía irregularidades-“, ahora propone un encuentro con el presidente Rodrigo Paz “cuándo, dónde y a la hora que diga”. De su llamado público al jefe de Estado para resolver diferencias “por Bolivia” y proyectar una imagen de unidad ante el país y la comunidad internacional”, se ha hecho eco el presidente del Tribunal Supremo de Justicia, Rómer Saucedo, que ofreció el Salón de los Espejos del ente superior de justicia en la ciudad de Sucre, como escenario para “un diálogo sincero y de reconciliación por el país”. El giro en este vidrioso asunto no es menor, pero tampoco alcanza para borrar la sensación de improvisación y ausencia de sinceridad que rodean las palabras de Lara.
La política, sobre todo en los niveles más altos del poder, no se ejerce a los impulsos ni a fuerza de frases efectistas. Cada declaración pública tiene consecuencias, y cuando proviene del segundo hombre del Gobierno, esas consecuencias se amplifican. Lara parece no medir ese impacto, o peor aún, subestimarlo. En ese contexto, su convocatoria al diálogo suena más a intento de apagar un incendio que él mismo ayudó a encender que a una genuina vocación de entendimiento institucional.
No es la primera vez que la incontinencia verbal de Lara se convierte en protagonista. La advertencia sobre supuestas irregularidades, lanzada sin pruebas a la vista ni canales institucionales claros, abrió una grieta innecesaria en el Ejecutivo y alimentó suspicacias en la opinión pública. Luego, el repliegue en forma de invitación al diálogo deja una pregunta flotando sobre si había tanto por decir, ¿por qué no se lo dijo con responsabilidad y por las vías correspondientes?
El refrán popular es tan antiguo como certero: “a boca cerrada no entran moscas”. No se trata de promover el silencio cómplice ni de desalentar la crítica interna, sino de recordar que la palabra es una herramienta que exige precisión y mesura. Usada sin cuidado, se vuelve un ‘boomerang’. En el caso del vicepresidente Lara, la sucesión de sus bravatas inopinadas termina opacando cualquier aporte constructivo que pudiera realizar desde su cargo.
Mientras tanto, el país asiste a estas idas y vueltas con una mezcla de hastío y desconfianza. La ciudadanía espera soluciones, coordinación y un mínimo de coherencia en la conducción del Estado. Los cruces verbales y las amenazas veladas no solo distraen de los problemas urgentes, sino que erosionan la credibilidad de las instituciones que dicen defender.
El presidente Paz, al aceptar o no el convite al diálogo, tendrá que sopesar no solo la forma, sino el fondo. Dialogar es siempre deseable, pero el diálogo verdadero requiere reglas claras, respeto mutuo y, sobre todo, responsabilidad en el decir. De lo contrario, se convierte en una puesta en escena más destinada a consumo mediático antes que a resolver diferencias reales.
Edmand Lara debería preguntarse si no es momento de bajar el tono y concentrarse en las funciones específicas que le asigna su investidura. El país no necesita un vicepresidente en permanente estado de agitación verbal, sino un funcionario que contribuya a la estabilidad, a la coordinación del Gobierno y a la búsqueda de consensos duraderos.
Perder menos tiempo en declaraciones altisonantes y más en el trabajo concreto que corresponde a las funciones específicas del vicepresidente del Estado sería una señal muy saludable. La ciudadanía, cansada de fuegos artificiales retóricos, se lo agradecería profundamente.